27.2.12

La felicidad ajena como mecanismo de defensa

Febrero, comprendí este año, no es el peor mes del año, pero invariablemente es un mes de cambios. Ahora bien, la confusión que reinó en mí desde que tenía 12 años se debe sencillamente a que yo detesto con toda mi alma no saber que va a pasar. Nada me enfurece más que me cancelen algo de última hora, los imprevistos me desconciertan, la incertidumbre me mata.

No creo en el destino por que me parece un concepto demasiado hermoso como para ser real. Si existiera, que feliz sería yo de pensar que todo está planificado y que es inamovible. Sólo que no lo es. Todo cambia. En febrero de 1993 terminé mi infancia, en el de 1994 a mi abuela, en 1997 a mi abuelo, en el 2011 le detectaron cáncer a mi mamá.

Lo que yo no me había dado cuenta, y eso les demuestra lo hipócrita que soy, es que todas estas cosas han sido meros cambios. Yo que siempre he sostenido que el mundo no es bicolor y que los hechos no son ni blancos ni negros, me encontré a mi misma odiando un mes tan sólo porque casualmente en él he enfrentado el mayor porcentaje de cambios y cambios inesperados, además.

Si tan sólo yo pudiera, delinearía cada día de mi vida de aquí hasta mi muerte, con hechos programados por hora, minuto y segundo, la rutina (que tanto amo) y las variaciones introducidas sin la amenaza de la espontaneidad. Los espontáneos: los envidio y admiro en secreto, pero me aterra tanto su emoción descontrolada, sus carcajadas abiertas, sus ojos desorbitados de alegría. ¡Oh! ¡Cómo detesto su euforia futbolera! ¡Su pasión por la aventura sin planificar!

En una ocasión me vi arrastrada a la Huasteca Potosina sin un itinerario, reservaciones o idea de qué íbamos a ver. Sufrí estóicamente cada minuto del viaje para regresar increíblemente feliz. Ah, sí. Les dije que era hipócrita.

No es que no disfrute el cambio. Es que me da miedo no tener el control. Y, ¿todo esto que tiene que ver con el título del post? Pues que el mecanismo de defensa que he encontrado contra mi temor a lo desconocido es ver a la gente feliz. La felicidad ajena como mecanismo de evasión del temor propio, porque si ellos son felices, quizá la incertidumbre y el miedo y lo desconocido no es tan peor. Quizá los cambios no son malos, quizá las cancelaciones de última hora que privan en las vidas de los demás también, no son razón para tirarse por un acantilado. Porque quizá la felicidad está en el caos.

Claro que en el fondo es sólo un paliativo y luego me imagino que en realidad no pueden ser felices o no tan felices. Pero el consuelo uno lo toma de donde puede.

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En otras noticias leí en twitter que la gente soltera es aquella que toma el matrimonio demasiado enserio.

No creo que mintieran. La cita era de no sé que autor de renombre pero lo olvidé.

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El caso es que ser feliz es cuestión de aprender a decir "no me importa no saber el futuro", pero aquellos a quienes nos angustia, nos consolamos en la felicidad del vecino.


2.2.12

El amor, las bacterias y febrero

Febrero es el mes que más miedo me da. Es una mezcla de temores familiares que se maximizan en las fechas. En casa de mi abuelo se solía repetir como mantra anual: "enero y febrero, desviejadero" cada que algún conocido entrado en años fallecía en ese mes. Adicionalmente, mis dos abuelos tuvieron el buen tino de morir en este mes, mi abuela el seis y mi abuelo el 17. No el mismo año, por supuesto. La cursilería no corre en la familia y morir a días uno de otro, se hubiese considerado de sumo mal gusto hasta entre ellos mismos.

Mi familia, no cree en el amor a perpetuidad. Ni en las bacterias. Sabemos que existen, que se han dado casos, respetamos la evidencia científica y las muestras inequívocas de su existencia y nos mostramos unos a los otros las tortillas enmohecidas como diciendo "mira, mira, un milagro". El yogur y sus búlgaros nos merecen el respeto que a otros la aparición de un santo en una rebanada de pan, y el queso es por toda consecuencia digno de alto respeto, estima y casi devoción.

El amor también, pero diferente. Desconfiamos de él. Nos parece un artificio que nos juegan nuestra mente. Nos gusta ver a las parejas felices y comentamos sobre ellos en voz baja cuando los vemos pasar por las calles: "mira, se ven tan... enamorados", y nos reímos para nosotros mismos.
En mi familia cuando alguno de nosotros se enamora, el resto de los parientes actúa en un plan emergente. Nos llevan a ver películas de terror, nos cuentan de rupturas dolorosísimas. Retiran el pop, la música clásica y todas las canciones de amor. Nos ponen el noticiero por las noches, tratan de decirnos "mira, el mundo es un lugar miserable e injusto". Se corre la voz hacia las tías más viejas, te llaman por teléfono para contarte todas las tristes historias de amor del mundo, te advierten sobre los peligros inminentes, reales, imaginarios y se inventan otros en el camino. Elevan su voz con amenazas de lágrimas y nubarrones. El enamorado, no puede hacer otra cosa que agacharse bajo las mantas, evitar contestar las llamadas, pero el mal está hecho. Nuestra desconfianza en el amor es genética. Científicos alemanes han descubierto que hay un par de cromosomas en nuestra familia que nos impiden creer, disfrutar, llenarnos el corazón de chocolate. Cuando el enamorado es correspondido, la familia se reúne en un cónclave de tres días.
Se expone la evidencia, se hacen los cuestionamientos pertinentes. Como canción de José Luis Perales se demandan respuestas precisas a obviedades sin sentido. Si se pasa este periodo de manera satisfactoria, se esgrimen amenezas veladas. La primera de todas era lanzada por mi abuelo: "pero fíjense bien, porque luego le andan convidando a uno de sus problemas".

En mi familia no creemos en "convidar los problemas" a la demás familia. Y febrero nos da miedo. Nos recuerda que existe ese algo en que no podemos ya creer, y nos recuerda nuestras pérdidas. Preferimos hablar entonces de las bacterias, leemos artículos científicos y nos alegra que puedan acabar con los derrames petroleros. Luego en San Valentín nos regalamos yogures de sabores, y celebramos con los demás, haciéndoles creer que nosotros, también creemos.


31.1.12

La otredad: una visita al nuestro viejo amigo, el miedo

Me encanta "Glycerine" de Bush por la frase "our old friend fear and you and me". Nuestro viejo amigo, el miedo, el temor que sientes de la parte del otro que no puedes conocer, de su otredad. Al final de toda relación están el miedo, tú y la otra persona y se tienen que ver de frente: ¿pude haber cambiado? E independientemente de las respuestas, de lo que encuentras al final de ese camino hay algo que te impulsa a irte. Saber que no puedes ganar la batalla.

Conste, que no estoy hablando del amor, porque el amor poco tiene que ver con el final de una relación o bien, ahí sigue, incapaz de hacer nada al respecto o se acabó mucho antes. A veces, no puedes dar lo que se requiere y a veces, no te lo pueden dar. A veces no te atreves a pedir o ya corrió demasiada agua entre ambos. La otredad se instala entre ambos y les impide hablar.

Hoy hablaba con LA amiga del 99.99% que llegas a compartir con la otra persona, pero si ese 0.01% es donde residen tus miedos y tus inseguridades y el otro es incapaz de hacerte sentir reciprocidad (conste que jamás dije equidad) ¿qué ganas? Estás solo con tus miedos. Y no es forma de vivir. Debería ser más sencillo estar con alguien.

El miedo te acompaña, te ayuda, te protege y te dice cuando debes partir, si notas más el miedo que a tu pareja, es porque tu pareja ya no está ahí.

O algo así.

22.1.12

Enero 2012

Vivian Maier
El cambio de año me agarró dormida, cansada y en otro país. Luego vino el regreso al país, al trabajo y a la rutina y el problema con nuestras rutinas es que llegan justamente a constituirse en ello porque no nos dejan tiempo para escapar de ellas. Luego son como una amante celosa que se encarga de hacer miserable cada instante de nuestras vidas cuando tratamos de retomarlas después de nuestros breves abandonos: levantarse a la misma hora que siempre comienza a convertirse en una tarea titánica, trabajar las usuales 10 horas resulta abrumador y responder 245 correos por día parece imposible. Hasta que poco a poco la rutina va cediendo y nuevamente nos instalamos en nuestra zona de confort, claro que para ello hemos de haber renunciado al cine, a las amigas, a las salidas nocturnas y por supuesto, al blog.

Pero héme aquí, luchando no contra, sino al lado de mi rutina para incorporarle nuevos elementos o viejos y hacer que enero 2012 sea un mes, rutinario sí, pero grato.

A pesar de que no creo en los propósitos de año nuevo (en mi mente, cualquier martes o día par del mes es tan bueno como para empezar a hacer algo si realmente quieres hacerlo) empecé el año con dos nuevas adiciones a mi rutina: el gimnasio y una batidora. Mi primer batch de galletas (con sal) lo regalé todo, y sigo insistiendo en que fueron mis mejores galletas de toda la vida. La receta obviamente la tomé de Crèpes of Wrath mi único y verdadero amor blogueril de recetas.

Las primeras dos semanas de enero siempre me resultan confusas porque no sé hasta que día con exactitud uno deja de desearle feliz año a las personas. De modo que sí, uno quizá no ha visto a su interlocutor desde diciembre del año pasado, pero ya es 13 de enero y quizá lo han felicitado unas cuarenta y siete veces y decirle "feliz año" se convierte más en lugar común y fórmula social sin sentido como decir "salucita" en una cantina ya a las tres de la mañana, cuando todos intuimos la falsedad de nuestras aseveraciones y quizá decirlo nos haga aún más cínicos de lo que somos, y seamos honestos ¿necesita el mundo mayor cinismo?

Otro tema que me revuelve la tripa es el correo laboral con felicitación incluida. Yo me confieso autora de varios. El problema es que el que lo recibe sabe que nuestros deseos de prosperidad para el año que empieza falsos y que nuestro verdadero propósito es obtener la cotización tal o el documento fulano. ¿Y eso qué?

Pero lo que sí me deseo (y les deseo, ¿por qué no?) para este 2012 es alguien a quien tomar de la mano. Sí, tomarse de la mano es un gesto cursi fuera de moda y mortal para aquellos que presumen de pertenecer a los altos círculos del cinismo, pero tener a alguien que te tome de la mano, inesperadamente a media calle porque desea compartir ese pequeño vínculo que concatena a dos personas sin ser realmente un gesto abrumador y excesivo como un abrazo (yo amo los abrazos, pero sólo de ciertas personas y en contadas ocasiones) o un beso; tomarse de la mano con el otro, en la calle, requiere de todo el valor del mundo, rompe la barrera del espacio personal del otro, la nuestra, y dice "ey, aquí estoy" y por ridículo que parezca, lo que yo quiero este 2012 es estar ahí, y que alguien esté para mí.

Feliz año.

Dre.

19.12.11

Je m'en vais

El 2011 ha sido un año muy difícil. Seguramente no especialmente para mí, pero no puedo esperar a que termine. Este será el último post de este año.

Del 2011 son pocas las cosas que quisiera recordar y muchas, muchas, muchas las que no quiero volver a vivir jamás. Fue complicado desde el punto de vista personal. Quizá, admito con un poco de vergüenza el primer año duro que me toca vivir.

Termino el año exhausta.

Para mí, me deseo que el siguiente año tenga yo los suficientes pantalones (¿faldas?) de mandar a la gente al demonio en cuanto perciba que esperan de mí algo que no puedo darles. Creo sinceramente que establecer límites a lo que los demás piden de ti es la única forma de ser feliz. El requisito indispensable. En el addendum de este post, más comentarios sobre la felicidad (¡yeiii!).

En el 2011 aprendí muchas cosas:

Aprendí muchísimo sobre el cáncer de seno. Mujeres del mundo, por favor, si alguna de ustedes lee mi blog y tiene más de 40 años, hágase una mamografía. Arriba de 35 ultrasonido en el pecho cada año y si tiene riesgo de cáncer por que algún familiar directo haya tenido, vayan al doctor YA (a un oncólogo por favor, los ginecólogos QUE YO HE CONSULTADO desgraciadamente poco se preocupan por las implicaciones de las terapias hormonales y en mi corta experiencia ninguno te pide antecedentes de cáncer o un perfil hormonal antes de embutirte pastillas anticonceptivas para lo-que-sea).

Aprendí también a decir "no" cuando algo no es bueno para mí, cuando no quiero algo o cuando algo no me da mi gana. Aún a veces, a pesar de mi misma.

Aprendí que sobreanalizo las cosas.

Y aprendí que no toda la gente que es tu amigo sabe ser el amigo que tú esperas que sean y que también eso está bien.

Aprendí que el triptofano y el ejercicio pueden mantener mi depresión a raya.

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Un último comentario sobre la renovación.

La renovación es necesaria. No fuera así, no tendríamos años nuevos. Ojo, también tenemos aniversarios. El hecho de que los seres humanos contemos el tiempo refleja nuestra increíble necesidad de cambiar y mantener.

Lo que no se renueva se pudre, lo que no perdura resulta insatisfactorio. Es cierto, necesitamos renovarnos y cambiar para evitar que la rutina amague nuestras esperanzas y alegrías. Todo cambio es una pérdida y no siempre es bueno perder.

Confieso que a mí me aterra (como a toda una generación de desadaptados sociales que nos creímos el cuento de que teníamos que cambiar todo constantemente) la rutina, el compromiso, el estancamiento. Pero me gustan los aniversarios: me gusta mirar atrás y ver que he recorrido un camino, que no soy la misma que hace un año, que espero no ser la misma en diciembre de 2012, ni del 2013 ni del 2033. Pero para no ser la misma, necesito saber quien soy y quienes quiero que estén ahí para mirar conmigo hacia atrás y presenciar el cambio.

Como el árbol que cae en la mitad del bosque y nadie lo escucha, la renovación no significa nada si no somos nadie. Y para ser nosotros mismos, necesitamos ver nuestro reflejo en los ojos de las personas que queremos. Ese equilibrio delicado, me parece que es ingrediente indispensable de la felicidad.

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Para el año 2012 deseo que cada quien empiece renovado, que tenga cambios de casa, de trabajo, de amigos, de ciudades, de ambiente, de música... y tenga con quien compartir todo lo que ha cambiado en la víspera del 1° de enero de 2013.

¡Salud y que sean delirantemente felices!




11.12.11

Mirar la TV

Una de mis actividades predilectas a lo largo de mi vida ha sido mirar la televisión. Los intelectuales de hoy en día se precian de mirarla poco y no hay hombre más ilustrado, culto y digno de admiración que aquel que afirma que ni siquiera posee una. A mí me habría encantado ser una de esas personas, pero lo cierto es que mi amor por la televisión se remota a mi más tierna infancia. Aún cuando en el pueblo apenas se sintonizaban tres canales (uno de ellos mal) y la programación infantil se reducía a media hora de "Fantasías Animadas" los sábados, para mí la televisión era la GRAN cosa.

Mi mamá compró una televisión enorme de segundas, con un mueble de madera increíble y desde que tuve seis años hasta los trece fue mi fuente de mayor alegría. Tanto así que mis tías se divertían tomándome fotografías sentada frente a la televisión. No a los mandatorios dos metros que las recomendaciones médicas de la época citaban, sino a unos sesenta centímetros, sobre una cobijita. Yo veía de todo (de todo lo que los tres canales del pueblo ofrecían, claro): videos ochenteros de Duran Duran y U2, telenovelas cuyas protagonistas utilizaban labial color fuschia, amplias hombreras y copetes estructurados a base de acqua-net e iba construyendo mi código moral convencida de que el colmo de la sofisticación era fumar Benson and Hedges y que los hombres de verdad eran vaqueros que en lugar de vacas tenían rebaños de caballos. Oh sí. Los ochenta y su maravillosa falta de moralidad en los comerciales.

Los domingos empezaban religiosamente a las siete de la mañana para poder tener ensoñaciones mágicas sobre lo que le pediría a los Reyes Magos o al Niño Dios en base a lo que me dijera Xavier López "Chabelo", soñaba con una sala de muebles Troncoso y mi peor miedo era que alguna vez me tocara una cubeta y un trapeador.

A diferencia de las generaciones de ahora, nosotros fuimos televidentes pasivos. Ver televisión constituía un actuar cuasi-religioso: prueba de fervor, aguante y paciencia. Religiosamente te aventabas todo lo que te quisieran transmitir con tal de saber que seguía en tu programa favorito. Las televisoras, en su crueldad infinita de repente, a media serie gringa, le daban reboot y todo volvía a comenzar de nuevo, y nuevamente con el fanatismo de un fundamentalista religioso uno veía nuevamente toda la serie. Al final ya no sabías cuantas malditas veces había andado Brandon con Kelly porque cada dos meses volvía a comenzar todo, pero no importaba. La telvisión proveía y uno recibía lo que la televisora quisiera darte.

Después vino el cable. Y ahora podías ver otros programas pero la dinámica era en términos generales la misma. Salvo que ahora podías mirar el MTV o el polémico "Show de Cristina" en la televisión (una asociación de padres de familia recabó firmas cuando yo estaba en la secundaria para pedirle a las compañías de cable que no lo transmitieran), pero la dinámica era arranarte inerte frente al televisor y aceptar lo que tuviera que ofrecerte con aplomo y religiosidad.

Creo que hoy poca gente mira televisión con la misma devoción. El advenimiento primero de los torrents y posteriormente de los sitios de reproducción en línea te permite, ver, a la hora que tú quieres y sin cortes comerciales lo que te da la gana.

Tiene sus ventajas, sin duda: ya no es necesario que veas cuarenta veces el comercial del hongo michoacano o que te bombardeen con que mandes mensajes de texto a alguna compañía de celular para bajar aplicaciones idiotas. Tras unos segundos de espera, puedes felizmente ver el programa de tu elección con poca diferencia de la fecha de transmisión en el país de origen, e inclusive elegir si lo quieres con subtítulos o con alguna definición determinada. Pero... ya no estamos acostumbrados a esperar y disfrutar.

Te pasas medio capítulo en Twitter o en FB o haciendo cualquier tontera aledaña. De repente ya pasó medio episodio y te distrajiste en el messenger y ya no sabes de que va. Ves miles y miles de series pero a pocas les haces caso. Ver programas de televisión dejó de ser la tarea maratónica y devocionaria que era para convertirse en un sprint, en un rapidito. Te puedes aventar una serie entera en una tarde de domingo, o ver tres películas sin llegar a interesarte por ninguna. En algún momento se perdió el equilibrio entre el disfrute de la programación por el consumo estilo bacanal. Ver más series, más capítulos, más y más, sin importar que, cuales o porque. Hay que verlo todo porque todo está disponible, pero no tienes tiempo de disfrutar nada.

Todo lo anterior no constituye una queja. Simplemente creo que como amante de la televisión extraño sentarme frente a ella y verla, pero ya no tengo paciencia, ni fe, ni la adoración ciega y soy como aquellos que han perdido la fe y contemplan, con nostalgia, los viejos ritos, tratan de ejecutarlos, pero tienen en el paladar el metálico sabor de la insatisfacción.

1.12.11

¡Hace frío!

Mi extraña relación con el clima.

Zacazonapan de las Altas Milpas es in pueblo frío. O lo era antes del cambio climático. De clima seco y ubicado a 2,440 metros sobre el nivel del mar, los veranos suelen alcanzar máximas de 28 grados (y todos nos morimos de frío) y las noches de invierno suelen hacer que los termómetros marquen uno o dos grados bajo cero. Es normal.

No obstante, la prevalencia de los sistemas de información ocasiona que cualquier doñita de la esquina se de ínfulas de agente especializado en pronósticos meteorológicos. Peor aun, los teléfonos inteligentes con servicios de conexión al canal del clima han sustituido la bonita costumbre de mirar hacia afuera y ver como anda vestida la gente para, aun antes de abandonar las mantas revisar "el clima".

Seriously?

El problema con eso es que el sitio de internet toma la información de dios sabe donde (mi teoría es que del aeropuerto) y te dice -8ºC. Razón suficiente para no querer existir. Y entonces sale la gente, entumida, predispuesta a tiritar a la menor provocación y empiezan a joder con que que frío hace.

Si uno trata de razonar con ellos, esgrimen claro, el argumento vencedor de los reportes de clima por internet o por la televisión. "Es que en la televisión dice que estamos a menoa 270 grados kelvin" a no pues sí, aunque afuera este brillando el sol, debe ser cierto.

Y el frío se vuele como el "Coco" en el invierno de mi pueblo. No hace y todo mundo se azota con que esta helado, hace un poco y juran que morirán congelados en el instante en que abran la puerta. Puerta que suele estar instalada en unas casas sin iluminación y Frías como la chingada. Eso si, la gente muerta de frío adentro y afuera el sol brillando y la temperatura de lo mas agradable.

Aclaro que no me gusta el frío. Los intelectuales de tres pesos suelen decir que les encanta el frío para que imaginemos que ellos felices, felices, lo que se dice felices solo podrían serlo en Europa. El trópico tiene valor de esnobismo cultural cero. Lo siento.
El punto es que no es esto una apología del frío. Yo lo odio, la única ventaja que le veo al calentamiento global es que las proyecciones vislumbran que mi pueblo tendrá mas lluvia, menos frío y será mas verde. Pero cuando haga frío y ustedes se quejen, que sea porque las manos se les pusieron moradas de fumar a menos dos grados centígrados y no porque "a la una va a entrar el frente frío dieciséis y van a nevar glaciares enteros".

27.11.11

Manual de supervivencia al volante

Cuando a uno le dan la licencia de manejo, en México, no te hacen examen para saber si sabes manejar: te preguntan donde dices que vives, como te llamas, si quieres ser donador de órganos (muy importante en un país donde hay pocas instituciones para recolección de órganos), que tipo de licencia quieres (si de automovilista o de chófer) y te piden que pases a la siguiente ventanilla a pagar.

En la siguiente ventanilla una señorita muy malhumorada suele recogerte el papel, te mira de arriba abajo, te pone dos sellos y después de quitarte una cantidad variable de dinero (cada estado cobra lo que le da su gana), te manda con la primera señorita que te dice "fórmese en la fila" y se despide de ti con la sonrisa triunfante de quien espera no volver a verte jamás.

Acto seguido, te toman una fotografía, te piden que verifiques tus datos, te toman tus huellas digitales y te mandan a tu casa con la peor imagen posible en la licencia. Debo decir, sin embargo, que esta práctica es común en todas las oficinas que tramitan documentos. Para sacar el pasaporte por ejemplo, te piden que lleves fotos. Si llevas fotografías en las que salgas medianamente bien, te toman una ellos mismos: se aseguran que salgas con la ojera, el rimmel corrido y despeinada. No importa lo que hayas intentado para evitarlo.

Sales de la dirección de tránsito y vialidad con tu nuevo documento, ese que te permitirá unirte a la élite de los conductores, que te hará un ciudadano de bien en un mundo regido por las reglas de la urbanidad y el buen sentido. Salvo que los conductores, pasaron el mismo proceso de selección y escrutinio que tú para obtener su licencia y si hubieran sido orangutanes amaestrados seguramente habrían batallado menos (por aquello de que saben hacer gracias y tienen más carisma que cualquier oficinista de medio pelo que va a deshoras a tramitar su licencia). No has terminado de salir de la calle donde se ubican las oficinas de tránsito cuando ya se te han cerrado dos carros, una minivan se paró de la nada y un camión urbano atentó contra tu vida.

Y es que si no te hacen un examen para saber si manejas, cuando menos debería advertirte de lo que te puedes encontrar allá afuera. Pero no temáis más, aquí tenemos este brevísimo bestiario de los conductores habituales con los que te puedes encontrar y como lidiar con ellos:


  • La morra del chevy (ardidus oficinescus): Su edad aproximada es de 25 años; es soltera, despeinada y siempre se toma el licuado - de plátano - al volante. Odia a todos, pero en especial a su jefe, a las mujeres más bonitas que ella, a las más feas que ella pero que tienen novio, a la recepcionista por gritona y a la vida misma. Se (des)peina invariablemente de colita de caballo. En condiciones normales es inofensiva. Tiende a ser más agresiva alrededor de las 8:05 a.m. cuando se autoconvence que si suena bastante el claxón logrará retroceder el reloj diez minutos. Especialmente peligrosa cuando ve a alguien manejar un carro mejor que el de ella. En caso de que usted tenga cualquier carro con un valor superior (aún si es también un chevy pero de modelo más reciente) aléjese de inmediato y déjela pasar. De lo contrario se obstinará en cerrarle el paso, pitará incontrolablemente y le echará el auto encima. 
  • El adolescente sordo (soquetinus musicoso): cree que la música debe escucharse en volumen alto y más alto. Para lograrlo baja todas las ventanas del carro. Se mueve principalmente en dos tipos de vehículo: herencia del padre de hace diez años con la pintura del cofre desgastada o auto "juvenil" que compró "papi", modelo compacto (para chavos). Se les reconoce que lo que contaminan con ruido, lo ahorran en gasolina (principalmente porque no tienen para ponerle). Son completamente inofensivos aunque un poco mamertos para utilizar las direccionales. Viajan en grupos de dos o cinco y les gusta "pistear" los viernes en la noche (día en que entre todos juntan para ponerle gasolina al carro).
  • La doñita de la minivan (ciega, sorda y mula): entre más grande el vehículo, más pequeña la familia. Este individuo (algunas veces pasa que se trata de varones pero el comportamiento es indistinto) es sumamente peligroso porque invariablemente está estresado: no únicamente tiene que lidiar con el producto de sus relaciones carnales desprotegidas, sino que además tiene que manejar el equivalente a un tráiler en condiciones de tráfico intenso vehícular y humano: sus ambientes naturales son los alrededores de las escuelas y los centros comerciales. Si la ve: evítela y ahorre un mal innecesario a su hígado. Se paran de forma aleatoria, no utilizan las direccionales, manejan como borrachos en cantina a las tres de la mañana y desconocen las señales de tránsito. 
  • El chófer de camión urbano (brutus singularis): Está convencido de que es el dueño de esta calle y de las tres que le siguen. Se cambia del carril izquierdo al extremo derecho para dar una vuelta a la izquierda y una vez en ello, se da de reversa para acomodarse bien. No reconoce la existencia de otros vehículos, considera que el tráfico es una alucinación colectiva y si bien, él puede pararse quince minutos a recoger pasaje en una vía de alta velocidad, le aventará el camión encima al primer intento suyo de no manejar como alma que lleva el diablo si está frente a él. Maje rápido y trate de alejarse a discreción. Inútil tratar de razonar con él mediante uso de direccionales, señales o con el claxón: convénzase de una vez, para él usted no existe.
  • El ejecutivo de tres pesos (iphonerus adictus): incapaz de coger el volante sin tener en la mano el teléfono (iphone, blacberry o alcatel prepagado), maneja como imbécil por ir mandando textos, tomando fotos, actualizando su estatus en facebook, hablando, redactando posts para su blog o haciendo cualquier taradez menos poner atención en el camino. Medianamente peligroso en los cruces, semáforos, calles de más de un carril, calles de un carril, calles de dos sentidos, carreteras, estacionamientos, centros comerciales, glorietas y puentes. Asegúrse de que lo vio antes de acercarse a él.
  • El taxista gandalla (o el fan de Arjona): se jura un as del volante. Está convencido de que podría manejar por las calles del DF y jamás atorarse en el tráfico. La ventaja es que generalmente sabe manejar, es molesto porque es el típico gandallita que se vuela la fila para dar vuelta con luz en el cruce más abarrotado del semáforo. Déjelo pasar y recuerde que es fan de Arjona y eso, eso ya es como para no querer desearle otro mal.
  • El taxista viejito (tercus retercus): es sordo, no sabe donde están la mitad de las calles, se mete por donde quiere y maneja a veinte kilométros por hora en vías rápidas. A medio viaje se le olvida a donde iba y da un viraje de 180°C sin decir "agua va". Por su velocidad generalmente inofensivo. 


22.11.11

Hipocondria piscológica

Yo no sé si el terminajo exista, pero una propuesta para cualquier asociación de psicología, hecha con toda la honestidad de mi corazón es que se den una vuelta por twitter o por el blog de su preferencia y comiencen a dar terapia gratuita.

Lo que más anuncia la gente en su perfil de Twitter no es su ocupación, lugar de procedencia, género o preferencia musical. No señores, eso es tan demodé, tan siglo pasado, tan común y corriente. A los afectos al microblogging lo que les apasiona es parecer casos clínicos.

Que parezcan casos clínicos de estupidez, es otra cosa.

Y así tenemos que todo mundo, invariablemente es "bipolar", tiene "pedos psicológicos". Las mujeres (en mi experiencia) disfrutan mucho diciendo que tienen "problemas". Su problema principal es que su vida es tan aburrida, que tienen que ponerse creativas para despertar el interés. Como dijo @gonzalopolis en algún tweet: "Generalmente la gente que se dice bipolar es solamente mensa, no se apuren". Ser bipolar hoy, es como estar deprimido en 2002. En 2002 TODA la humanidad y las mujeres sin novio tenían depresión. Era la excusa perfecta para tirar hueva, moquear un rato viendo malas películas y posponer (que palabra tan horrenda) eso que la gente llama "tomar las riendas de la propia vida" y que en realidad significa dejar de hacerse güey. Pero descubrieron que luego sí les gustaba bañarse e irse de peda y tener alguna relación significativa, así que decidieron que ahora eran bipolares. Con el plus incluido de que te puedes portar como un perfecto mequetrefe y decir "ay, es que soy bipolar". Tomen a un perezoso promedio del 2002 y añádanle cinco gramos de cinismo y actitud jodevidas y tarán: ahí tienen a su bipolar del tuirer.

No que yo no diga que la bipolaridad es un desorden serio. Lo es, al igual que la depresión y no deseo que nadie lo padezca. Pero así como hay personas hipocondríacas que viven con la creencia de que tienen una enfermedad grave basadas en la interpretación de ciertos síntomas; la popularización de los desórdenes de la personalidad ha degenerado en que ya cualquier hijo de vecino con acceso a internet se autodiagnostica bipolar, depresivo, limítrofe, obsesivo compulsivo, psicópata, sociópata, etcétera. Y la verdad es que nomás están buscando una excusa para ser unos... hijoeputas. Tal cual. La morra quiere utilizar al bato a su antojo: "es que soy bipolar". Me da mil flojera afrontar que el bato se fue con otra porque así es la vida "tengo depresión". No tengo los más mínimos modales y actúo como un infeliz ante otra gente "soy sociópata".

Es cierto, todos tenemos nuestras tendencias enfermizas, pero nos permiten vivir bien, arruinándole un poco el rato a los demás pero distamos de ser caso clínico. No obstante, interesante sería dejar de verdad de hablar a cualquier tarado que define los encantos de su personalidad como enfermedades mentales, porque si no las padece, cuando menos nos advierte que inteligente no es.



21.11.11

Día 30: Uno para salvar vidas y la explicación

Personalmente soy de la idea de que cualquier libro puede salvar una vida; un buen libro, en el momento indicado. Creo que también hay libros que te destrozan la vida si los lees en el momento incorrecto. Leer "Cumbres Borrascosas" cuando andaba arrastrando la cobija por un bato, me ayudó mucho a poner en perspectiva que era lo que sentía. Leer "El Evangelio Según Jesucristo" me resultó sumamente emotivo y me hizo volver a asomarme a un templo.

Cada lectura, creo yo, tiene un elemento personal. Uno no lee lo que el autor escribe, uno lee lo que uno necesita escuchar: por eso, mi género predilecto es la novela, porque universaliza una emoción, una vivencia puramente humana y la detalla de forma que uno puede sentir empatía por el otro. Quizá no entenderlo, pero conmoverse junto con él. Decir "sí, ya, no sé de que soy culpable pero lo soy"; o comprender la sutil lucha de una mujer que siempre aparentó ser tonta, para conservar su matrimonio aún a pesar de la felicidad de su propio esposo; entender el cinismo y la desesperación de un Octave que se embriaga por las calles de Moscú o la ternura que une a dos personajes disimiles tan sólo porque necesitan tanto sentir ternura el uno por el otro.

A mí, en lo personal me encantan las distopías. Me gusta 1984 de George Orwell porque me parece que es un libro muy humano. Muy depresivo, pero que termina con una gran apología.

Al final, somos tan humanos, tan esclavos de nosotros mismos, de nuestras necesidades y de nuestros temores, que no podemos culpar a otros, tampoco podemos vivir culpándonos o mintiéndonos a nosotros mismos.

1984 fue el libro, del que aprendí que a veces uno actúa mal porque quiere hacerlo, y que está bien, que está bien no ser un héroe, y no ser siempre perfecto. Y supongo que para mí fue una experiencia que me resultó liberadora. No es un libro ameno, la historia de fondo es altamente deprimente, pero como mencioné al principio, cada libro te habla de una forma diferente y este libro en particular a mí me permitió afrontar ciertos demonios sobre la perfección propia que no siempre me dejan estar en paz. Este libro me dijo "está bien estar mal". Y al hacerlo, creo que sí, me salvó un poco la vida.


16.11.11

Día 29: Uno que se haya robado

Yo no he robado jamás. Jamás.

Bueno sí, pero ya lo reseñé. Y no diré cual es. ;)

15.11.11

Las "buenas gentes"

Detesto a las "buenas gentes".

Las "buenas gentes" son abominables, horrorosas, dignas de despertar sentimientos de animadversión en cualquiera que tenga más de dos neuronas. Si usted ve a una "buena gente", debe, escúcheme (léame) bien, debe inmediatamente correr en dirección opuesta. ¿Por qué?

Porque las personas que son "buenas gentes" por lo general son buenas a expensas de los demás. Como tienen en su mente el bien común, el futuro de la humanidad, la prosperidad de todos los hombres y mujeres del mundo emprenden grandes acciones que requieren la participación de inocentes. Inocentes que además, termina siendo uno.

¡Vamos a hacer una venta de pasteles para _________ (inserte causa perdida)_______! puede soñar como una idea maravillosa, pero al final, quiere decir "vas a ponerte a hornear como loca un día antes, te vas a poner a vender pasteles que nadie quiere y además, como no los vas a vender vas a tener que terminar poniendo dinero extra".

Es más amable, más humano, más honesto pedir dinero directamente o si quieres hacer tu venta de pasteles pues tú hazla. Lo malo de las buenas gentes, es que como gastan todo su tiempo y energía en la buena ondez, en la simpatía social, en el emprendimiento de causas sociales, dejan las chambas duras para el resto de la humanidad. Así que uno, que está emparentado, es amigo, tiene el limitante emocional que le impide decir "no", termina siempre embaucado en catastróficas campañas para rescatar a las ballenas siberianas, a difundir la protección de la termita de agua dulce, a organizarle la despedida de soltera a la morra del jale que nadie tolera, etc.

Porque además, como son "buenas gentes" no toman causas sociales consabidas y conocidas: los niños pobres, llevar medicinas a un dispensario, organizar una peda de cuates. No señores. las buenas gentes tienen la misión de tomar todas esas causas por las que ni ellos mismos dan un peso, tan sólo para propagar su buena ondez.

Y si me disculpan, me retiro, porque tengo que sacar del horno una tanda de galletas que tengo que vender para apoyar la conservación del mosquito zumbador de oído.

Día 28: Uno que lo haya asustado

Cuentos - H.P. Lovecraft

Con honestidad he de admitir que los cuentos de Lovecraft los empecé a leer en el ipod, que LA amiga me había hablado tanto de ellos y que no le hice caso, como uno suele no hacerle caso a las buenas personas de este mundo. Cuando me encontré los cuentos, separados, me acordé de su recomendación y empecé a leerlos.

Y los disfruté enfermizamente. Tanto que me quedaba despierta leyéndolos hasta altas horas de la noche, tan altas claro, que luego me daba horror tener que levantarme de la cama para apagar la luz o... horror de horrores... ir al baño.

Pocas cosas tan gratificantes como espantarse con un libro. Lo maravilloso de Lovecraft es que no describe exactamente a sus mounstruos. Los deja a la imaginación del lector, uno está ahí, convencido de que el horror lo aguarda. Mi preferido... "La Cosa en la Puerta". No sabes que esperar, pero tienes miedo, no hay nada específicamente malo, pero estás ahí, en tu cuarto, de noche y escuchas un ruido y te imaginas que algo, está allá afuera, acechándote. Y que un texto logre transmitir miedo, sin efectos especiales, utilizando en tu contra únicamente tus propios horrores, es magnífico.

14.11.11

Día 27: Uno que le regalaron y no le gustó

Casi cualquier libro que me regalan ya me predispone a que no me guste. Que uno lea, y encuentre cierto placer malsano en leer, no quiere decir que uno lea cualquier cosa. Regalar libros, es casi peor que regalar ropa interior, desodorante o sábanas. Es algo íntimo. Nadie, nunca, bajo ningún concepto debe regalarle un libro a otra persona.

Es una imposición de discursos, de gustos, de maneras de pensar. Por casi los mismos lindes anda regalar música a gente que uno no conoce bien. Pero el regalo del libro es el lugar común "regala un libro, no puede fallar" y te regalan aberraciones como "Caldo de Pollo para el Alma del Adolescente" o "Poesías de Amor para Señoritas" o "Metáforas clásicas de Ovidio para vivir bien". No que no tengan su muy respetable público, pero francamente regalar libros es dificil.

Si regalas un libro de amplias pretensiones intelectuales te arriesgas a que al que se lo regalas no lo entienda y si regalas algo muy comercial se sentirá muy insultado. Imaginen regalarle a su amigo izquierdoso que odia a las corporaciones y que está en contra de la industria hollywoodense "El Código Da Vinci" o "Las Reinas de Polanco".

Regalar un libro es un acto de intimidad. A mí me regala libros mi madre bajo mi estricta vigilancia desde que tengo uso de razón y poca gente más que se ha atrevido a lo anterior y a los que no he tenido el corazón de decirles "no mames".

El peor libro que me regalaron no lo puedo poner porque hay gente que estimo y que lee este blog y se sentirá muy ofendida. Pero de verdad, nunca jamás, de los jamases, pase lo que pase, suceda lo que suceda NO ME REGALEN LIBROS JAMÁS. A excepción de que yo les diga cual.

Por su atención, gracias.

13.11.11

Día 26: Uno que asocie con la música que le gusta

La Vida Sin Pixie - Ruy Xoconostle

Lo compré en una feria del libro en Monterrey. Para poder leerlo, R inversa me hizo el enorme favor de primero prestarme "Pixie en los Suburbios" y leí los dos seguidos.

La vida sin Pixie me gustó más. Para mí, la vida sin Pixie fue como la segunda parte de Kill Bill, la que te hace decir "ahhhhh". Y está repleto de referencias a la cultura pop, a la escuela en donde estudié, el ambiente de la misma escuela, de Monterrey, si Ruy describía un cine, yo imaginaba el multicinema que estaba a unas cuadras de la escuela. Lo leí triste, desempleada, sin esperanzas que creo que es como mejor se puede disfrutar este libro. Y en mi cabeza tenía el soundtrack perfecto porque lo relacionaba por alguna extraña razón con Radiohead. Específicamente con High and Dry y Life in a Glass House que son dos de las canciones que puedo escuchar 10 veces seguidas. I love it.

12.11.11

Día 25: Uno para aprender a perder

Cumbres Borrascosas - Emily Brönte

Leí este libro apenas el año pasado. Pero me hizo reflexionar mucho sobre lo enfermizo y obsesivo que es no dejar ir a alguien. Aunque aparentemente la medicina ha evolucionado lo suficiente como para descartar que uno se pueda morir de un berrinche, creo que cualquier que haya sentido esa clase de amor por otra persona:

My love for Heathcliff resembles the eternal rocks beneath — a source of little visible delight, but necessary. Nelly, I amHeathcliff — he's always, always in my mind — not as a pleasure, any more than I am always a pleasure to myself — but as my own being 

Ese sentir que aunque el amor que le profeses a alguien sea más fuerte que tu mismo ímpetu y sepas que jamás, pase lo que pase, podrás olvidarlo y que no obstante tienes que dejarlo ir, porque no hacerlo implica tu propia destrucción, porque aferrarte implica cultivar tus propios sufrimientos.

11.11.11

Día 24: Uno que no le prestaría a nadie

Sueño en el Pabellón Rojo - Cao Xuequin

Es una edición juvenil, pero lo vi en la librería de un museo en mi pueblo, en su momento no tenía el dinero para comprarlo. Lo pedí de regalo de cumpleaños, pero claro, ¿quién le hace caso a las peticiones de uno? En lugar de eso, me regalaron un collar de cuentas verdes... cuadradas.

Esperé otros seis meses, antes de que me lo obsequiaran en un intercambio de regalos. Lo dije sin pensar "quiero un libro de una novela china que venden en el Felguerez". Batallaron para encontrarlo, obvio, por la descripción tan estúpida. Pero esta conmigo. Y me hace feliz. No es únicamente la historia, el ejemplar es muy lindo, con el canto de sus hojas dorado, y sus pastas duras, su formato cuadrado, poco convencional entre todos mis demás libros. No se lo prestaría a nadie, porque odio que me maltraten mis cosas. Y yo soy una persona egoísta y posesiva y nunca aprendí a compartir, de lo que se desprende que en realidad no prestaría ningún libro, salvo contadas excepciones y a personas muy excepcionales.

10.11.11

Día 21, 22 y 23: uno de cuentos, uno de poemas y uno para la vejez

The Umbrella Man and other stories - Roal Dahl

Es por mucho mi libro de cuentos preferido. Lo compré en Chicago cuando tenía 18 años, y confieso que cuando intenté leerlo me quedé a la mitad. Pero para eso son los libros de cuentos, para leerse por partes. Las historias son deliciosas, los finales inesperados, la narrativa es envolvente y casi transparente. Es como un encaje: te deja ver la historia, sin resultar tan omnipresente que fastidie, lo cual es un equilibrio indispensable en un buen cuento.





La melancólica muerte de Chico Ostra - Tim Burton

Leo poca poesía. Este librito (si lo leen en inglés mejor), está escrito en verso y es un cuento en cada poema. Lo cual me pareció un uso bastante ingenioso del género.

Soy pésima para las florituras del lenguaje. A mí lo que me importa es la historia. Sí he leído algunas antologías de los poetas de rigor (Sabines, Rojas, Neruda, López Velarde - obvio, porque soy del pueblo y en el pueblo todos tenemos que leer a Velarde), sin considerar que alguno de ellos haya hecho mella en mí. Y este libro sí me gustó bastante, inclusive le tomé fotografías porque no podía conseguirlo y en aquellos tiempos no había pdf, escanner, internet. Todavía trato de encontrarlo, se aceptan vales de regalo de librerías de prestigio para esta navidad o bien, el libro si se atreven a regalarme algo.



El lobo estepario - Hermann Hesse

Lo leí en la preparatoria porque antes había leído Demian y me había parecido tan genial y tan ganador y tan "este debe ser mi guía para la vida", que de corrido me leí "Siddartha" y "Bajo la Rueda" y "El Lobo Estepario" y... no entendí ni jota. Lo leí, además, con la voracidad de una adolescente pretenciosa: en una semana.

Alguna vez intenté releerlo, pero me pareció que cada libro tiene su tiempo. Y que quizá lo entienda mejor cuando sea más grande. Cuando realmente haya vivido lo suficiente para comprender o no comprender y para disfrutar con la mesura necesaria, porque a fin de cuentas, un buen libro no necesariamente se lee en una sentada. Hay libros que se decantan en la mente, y se leen a fragmentos, a lo largo de muchos meses y que te acompañan en una temporada  y no solo en una tarde.

7.11.11

Día 20: Uno que le haya sorprendido por malo

Memorias de mis putas tristes - Gabriel García Márquez

Me pareció olvidable y triste. En todo caso, tratando el mismo tema hay obras maravillosas. La misma "Lodo" de Guillermo Fadanelli, le da todo un tratamiento a una relación similar (con las debidas distancias, y con una visión mucho menos romántica e inocente) que brinda un nuevo matiz sobre el amor y su crueldad. En la obra de Márquez la historia es demasiado cándida, demasiado anacrónica. Quince años antes quizá habría sido plausible, o quizá es que a los diecisiete años yo vivía y moría por el Gabo, y toda su obra me parecía memorable y esta novelita en particular está muy por debajo de mi expectativa de fangirl que se entrega ciegamente a esperar siempre lo mismo de su autor.

Como "La Ignorancia" de Kundera, de la que siempre prefiero pensar que él no escribió.

6.11.11

Día 19: uno que lo haya sorprendido por bueno

Kane y Abel - Jefferey Archer

Mi profesor de física, de ese breve semestre que estudié ingeniería, lo recomendó en clase. Si bien, sigo sin comprender muy bien el mecanismo mediante el cual un chango en un extremo de una polea, consigue unas bananas que penden del otro; y deprimida porque jamás entendí la regla del pulgar para ver el sentido de un vector, me encontré un día ese libro en la biblioteca de la escuela.
Ya no tenía la pasta original, pero me acordé del nombre y lo tomé sin muchas expectativas.
Fue muy grato descubrir que la historia no tenía nada que ver con la física.

La historia cuenta la rivalidad de dos hombres que nacen el mismo día y que son rivales sin saber que también se han apoyado y salvado mutuamente.