11.12.11

Mirar la TV

Una de mis actividades predilectas a lo largo de mi vida ha sido mirar la televisión. Los intelectuales de hoy en día se precian de mirarla poco y no hay hombre más ilustrado, culto y digno de admiración que aquel que afirma que ni siquiera posee una. A mí me habría encantado ser una de esas personas, pero lo cierto es que mi amor por la televisión se remota a mi más tierna infancia. Aún cuando en el pueblo apenas se sintonizaban tres canales (uno de ellos mal) y la programación infantil se reducía a media hora de "Fantasías Animadas" los sábados, para mí la televisión era la GRAN cosa.

Mi mamá compró una televisión enorme de segundas, con un mueble de madera increíble y desde que tuve seis años hasta los trece fue mi fuente de mayor alegría. Tanto así que mis tías se divertían tomándome fotografías sentada frente a la televisión. No a los mandatorios dos metros que las recomendaciones médicas de la época citaban, sino a unos sesenta centímetros, sobre una cobijita. Yo veía de todo (de todo lo que los tres canales del pueblo ofrecían, claro): videos ochenteros de Duran Duran y U2, telenovelas cuyas protagonistas utilizaban labial color fuschia, amplias hombreras y copetes estructurados a base de acqua-net e iba construyendo mi código moral convencida de que el colmo de la sofisticación era fumar Benson and Hedges y que los hombres de verdad eran vaqueros que en lugar de vacas tenían rebaños de caballos. Oh sí. Los ochenta y su maravillosa falta de moralidad en los comerciales.

Los domingos empezaban religiosamente a las siete de la mañana para poder tener ensoñaciones mágicas sobre lo que le pediría a los Reyes Magos o al Niño Dios en base a lo que me dijera Xavier López "Chabelo", soñaba con una sala de muebles Troncoso y mi peor miedo era que alguna vez me tocara una cubeta y un trapeador.

A diferencia de las generaciones de ahora, nosotros fuimos televidentes pasivos. Ver televisión constituía un actuar cuasi-religioso: prueba de fervor, aguante y paciencia. Religiosamente te aventabas todo lo que te quisieran transmitir con tal de saber que seguía en tu programa favorito. Las televisoras, en su crueldad infinita de repente, a media serie gringa, le daban reboot y todo volvía a comenzar de nuevo, y nuevamente con el fanatismo de un fundamentalista religioso uno veía nuevamente toda la serie. Al final ya no sabías cuantas malditas veces había andado Brandon con Kelly porque cada dos meses volvía a comenzar todo, pero no importaba. La telvisión proveía y uno recibía lo que la televisora quisiera darte.

Después vino el cable. Y ahora podías ver otros programas pero la dinámica era en términos generales la misma. Salvo que ahora podías mirar el MTV o el polémico "Show de Cristina" en la televisión (una asociación de padres de familia recabó firmas cuando yo estaba en la secundaria para pedirle a las compañías de cable que no lo transmitieran), pero la dinámica era arranarte inerte frente al televisor y aceptar lo que tuviera que ofrecerte con aplomo y religiosidad.

Creo que hoy poca gente mira televisión con la misma devoción. El advenimiento primero de los torrents y posteriormente de los sitios de reproducción en línea te permite, ver, a la hora que tú quieres y sin cortes comerciales lo que te da la gana.

Tiene sus ventajas, sin duda: ya no es necesario que veas cuarenta veces el comercial del hongo michoacano o que te bombardeen con que mandes mensajes de texto a alguna compañía de celular para bajar aplicaciones idiotas. Tras unos segundos de espera, puedes felizmente ver el programa de tu elección con poca diferencia de la fecha de transmisión en el país de origen, e inclusive elegir si lo quieres con subtítulos o con alguna definición determinada. Pero... ya no estamos acostumbrados a esperar y disfrutar.

Te pasas medio capítulo en Twitter o en FB o haciendo cualquier tontera aledaña. De repente ya pasó medio episodio y te distrajiste en el messenger y ya no sabes de que va. Ves miles y miles de series pero a pocas les haces caso. Ver programas de televisión dejó de ser la tarea maratónica y devocionaria que era para convertirse en un sprint, en un rapidito. Te puedes aventar una serie entera en una tarde de domingo, o ver tres películas sin llegar a interesarte por ninguna. En algún momento se perdió el equilibrio entre el disfrute de la programación por el consumo estilo bacanal. Ver más series, más capítulos, más y más, sin importar que, cuales o porque. Hay que verlo todo porque todo está disponible, pero no tienes tiempo de disfrutar nada.

Todo lo anterior no constituye una queja. Simplemente creo que como amante de la televisión extraño sentarme frente a ella y verla, pero ya no tengo paciencia, ni fe, ni la adoración ciega y soy como aquellos que han perdido la fe y contemplan, con nostalgia, los viejos ritos, tratan de ejecutarlos, pero tienen en el paladar el metálico sabor de la insatisfacción.

1 comentario:

Rodion dijo...

Dos palabras: BudSpencer enCinePermanenciaVoluntaria...

No discriminabamos nada.