Febrero es el mes que más miedo me da. Es una mezcla de temores familiares que se maximizan en las fechas. En casa de mi abuelo se solía repetir como mantra anual: "enero y febrero, desviejadero" cada que algún conocido entrado en años fallecía en ese mes. Adicionalmente, mis dos abuelos tuvieron el buen tino de morir en este mes, mi abuela el seis y mi abuelo el 17. No el mismo año, por supuesto. La cursilería no corre en la familia y morir a días uno de otro, se hubiese considerado de sumo mal gusto hasta entre ellos mismos.
Mi familia, no cree en el amor a perpetuidad. Ni en las bacterias. Sabemos que existen, que se han dado casos, respetamos la evidencia científica y las muestras inequívocas de su existencia y nos mostramos unos a los otros las tortillas enmohecidas como diciendo "mira, mira, un milagro". El yogur y sus búlgaros nos merecen el respeto que a otros la aparición de un santo en una rebanada de pan, y el queso es por toda consecuencia digno de alto respeto, estima y casi devoción.
El amor también, pero diferente. Desconfiamos de él. Nos parece un artificio que nos juegan nuestra mente. Nos gusta ver a las parejas felices y comentamos sobre ellos en voz baja cuando los vemos pasar por las calles: "mira, se ven tan... enamorados", y nos reímos para nosotros mismos.
En mi familia cuando alguno de nosotros se enamora, el resto de los parientes actúa en un plan emergente. Nos llevan a ver películas de terror, nos cuentan de rupturas dolorosísimas. Retiran el pop, la música clásica y todas las canciones de amor. Nos ponen el noticiero por las noches, tratan de decirnos "mira, el mundo es un lugar miserable e injusto". Se corre la voz hacia las tías más viejas, te llaman por teléfono para contarte todas las tristes historias de amor del mundo, te advierten sobre los peligros inminentes, reales, imaginarios y se inventan otros en el camino. Elevan su voz con amenazas de lágrimas y nubarrones. El enamorado, no puede hacer otra cosa que agacharse bajo las mantas, evitar contestar las llamadas, pero el mal está hecho. Nuestra desconfianza en el amor es genética. Científicos alemanes han descubierto que hay un par de cromosomas en nuestra familia que nos impiden creer, disfrutar, llenarnos el corazón de chocolate. Cuando el enamorado es correspondido, la familia se reúne en un cónclave de tres días.
Se expone la evidencia, se hacen los cuestionamientos pertinentes. Como canción de José Luis Perales se demandan respuestas precisas a obviedades sin sentido. Si se pasa este periodo de manera satisfactoria, se esgrimen amenezas veladas. La primera de todas era lanzada por mi abuelo: "pero fíjense bien, porque luego le andan convidando a uno de sus problemas".
En mi familia no creemos en "convidar los problemas" a la demás familia. Y febrero nos da miedo. Nos recuerda que existe ese algo en que no podemos ya creer, y nos recuerda nuestras pérdidas. Preferimos hablar entonces de las bacterias, leemos artículos científicos y nos alegra que puedan acabar con los derrames petroleros. Luego en San Valentín nos regalamos yogures de sabores, y celebramos con los demás, haciéndoles creer que nosotros, también creemos.
1 comentario:
Una curiosa costumbre familiar.
Saludos.
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