Febrero, comprendí este año, no es el peor mes del año, pero invariablemente es un mes de cambios. Ahora bien, la confusión que reinó en mí desde que tenía 12 años se debe sencillamente a que yo detesto con toda mi alma no saber que va a pasar. Nada me enfurece más que me cancelen algo de última hora, los imprevistos me desconciertan, la incertidumbre me mata.
No creo en el destino por que me parece un concepto demasiado hermoso como para ser real. Si existiera, que feliz sería yo de pensar que todo está planificado y que es inamovible. Sólo que no lo es. Todo cambia. En febrero de 1993 terminé mi infancia, en el de 1994 a mi abuela, en 1997 a mi abuelo, en el 2011 le detectaron cáncer a mi mamá.
Lo que yo no me había dado cuenta, y eso les demuestra lo hipócrita que soy, es que todas estas cosas han sido meros cambios. Yo que siempre he sostenido que el mundo no es bicolor y que los hechos no son ni blancos ni negros, me encontré a mi misma odiando un mes tan sólo porque casualmente en él he enfrentado el mayor porcentaje de cambios y cambios inesperados, además.
Si tan sólo yo pudiera, delinearía cada día de mi vida de aquí hasta mi muerte, con hechos programados por hora, minuto y segundo, la rutina (que tanto amo) y las variaciones introducidas sin la amenaza de la espontaneidad. Los espontáneos: los envidio y admiro en secreto, pero me aterra tanto su emoción descontrolada, sus carcajadas abiertas, sus ojos desorbitados de alegría. ¡Oh! ¡Cómo detesto su euforia futbolera! ¡Su pasión por la aventura sin planificar!
En una ocasión me vi arrastrada a la Huasteca Potosina sin un itinerario, reservaciones o idea de qué íbamos a ver. Sufrí estóicamente cada minuto del viaje para regresar increíblemente feliz. Ah, sí. Les dije que era hipócrita.
No es que no disfrute el cambio. Es que me da miedo no tener el control. Y, ¿todo esto que tiene que ver con el título del post? Pues que el mecanismo de defensa que he encontrado contra mi temor a lo desconocido es ver a la gente feliz. La felicidad ajena como mecanismo de evasión del temor propio, porque si ellos son felices, quizá la incertidumbre y el miedo y lo desconocido no es tan peor. Quizá los cambios no son malos, quizá las cancelaciones de última hora que privan en las vidas de los demás también, no son razón para tirarse por un acantilado. Porque quizá la felicidad está en el caos.
Claro que en el fondo es sólo un paliativo y luego me imagino que en realidad no pueden ser felices o no tan felices. Pero el consuelo uno lo toma de donde puede.
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En otras noticias leí en twitter que la gente soltera es aquella que toma el matrimonio demasiado enserio.
No creo que mintieran. La cita era de no sé que autor de renombre pero lo olvidé.
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El caso es que ser feliz es cuestión de aprender a decir "no me importa no saber el futuro", pero aquellos a quienes nos angustia, nos consolamos en la felicidad del vecino.
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