27.11.11

Manual de supervivencia al volante

Cuando a uno le dan la licencia de manejo, en México, no te hacen examen para saber si sabes manejar: te preguntan donde dices que vives, como te llamas, si quieres ser donador de órganos (muy importante en un país donde hay pocas instituciones para recolección de órganos), que tipo de licencia quieres (si de automovilista o de chófer) y te piden que pases a la siguiente ventanilla a pagar.

En la siguiente ventanilla una señorita muy malhumorada suele recogerte el papel, te mira de arriba abajo, te pone dos sellos y después de quitarte una cantidad variable de dinero (cada estado cobra lo que le da su gana), te manda con la primera señorita que te dice "fórmese en la fila" y se despide de ti con la sonrisa triunfante de quien espera no volver a verte jamás.

Acto seguido, te toman una fotografía, te piden que verifiques tus datos, te toman tus huellas digitales y te mandan a tu casa con la peor imagen posible en la licencia. Debo decir, sin embargo, que esta práctica es común en todas las oficinas que tramitan documentos. Para sacar el pasaporte por ejemplo, te piden que lleves fotos. Si llevas fotografías en las que salgas medianamente bien, te toman una ellos mismos: se aseguran que salgas con la ojera, el rimmel corrido y despeinada. No importa lo que hayas intentado para evitarlo.

Sales de la dirección de tránsito y vialidad con tu nuevo documento, ese que te permitirá unirte a la élite de los conductores, que te hará un ciudadano de bien en un mundo regido por las reglas de la urbanidad y el buen sentido. Salvo que los conductores, pasaron el mismo proceso de selección y escrutinio que tú para obtener su licencia y si hubieran sido orangutanes amaestrados seguramente habrían batallado menos (por aquello de que saben hacer gracias y tienen más carisma que cualquier oficinista de medio pelo que va a deshoras a tramitar su licencia). No has terminado de salir de la calle donde se ubican las oficinas de tránsito cuando ya se te han cerrado dos carros, una minivan se paró de la nada y un camión urbano atentó contra tu vida.

Y es que si no te hacen un examen para saber si manejas, cuando menos debería advertirte de lo que te puedes encontrar allá afuera. Pero no temáis más, aquí tenemos este brevísimo bestiario de los conductores habituales con los que te puedes encontrar y como lidiar con ellos:


  • La morra del chevy (ardidus oficinescus): Su edad aproximada es de 25 años; es soltera, despeinada y siempre se toma el licuado - de plátano - al volante. Odia a todos, pero en especial a su jefe, a las mujeres más bonitas que ella, a las más feas que ella pero que tienen novio, a la recepcionista por gritona y a la vida misma. Se (des)peina invariablemente de colita de caballo. En condiciones normales es inofensiva. Tiende a ser más agresiva alrededor de las 8:05 a.m. cuando se autoconvence que si suena bastante el claxón logrará retroceder el reloj diez minutos. Especialmente peligrosa cuando ve a alguien manejar un carro mejor que el de ella. En caso de que usted tenga cualquier carro con un valor superior (aún si es también un chevy pero de modelo más reciente) aléjese de inmediato y déjela pasar. De lo contrario se obstinará en cerrarle el paso, pitará incontrolablemente y le echará el auto encima. 
  • El adolescente sordo (soquetinus musicoso): cree que la música debe escucharse en volumen alto y más alto. Para lograrlo baja todas las ventanas del carro. Se mueve principalmente en dos tipos de vehículo: herencia del padre de hace diez años con la pintura del cofre desgastada o auto "juvenil" que compró "papi", modelo compacto (para chavos). Se les reconoce que lo que contaminan con ruido, lo ahorran en gasolina (principalmente porque no tienen para ponerle). Son completamente inofensivos aunque un poco mamertos para utilizar las direccionales. Viajan en grupos de dos o cinco y les gusta "pistear" los viernes en la noche (día en que entre todos juntan para ponerle gasolina al carro).
  • La doñita de la minivan (ciega, sorda y mula): entre más grande el vehículo, más pequeña la familia. Este individuo (algunas veces pasa que se trata de varones pero el comportamiento es indistinto) es sumamente peligroso porque invariablemente está estresado: no únicamente tiene que lidiar con el producto de sus relaciones carnales desprotegidas, sino que además tiene que manejar el equivalente a un tráiler en condiciones de tráfico intenso vehícular y humano: sus ambientes naturales son los alrededores de las escuelas y los centros comerciales. Si la ve: evítela y ahorre un mal innecesario a su hígado. Se paran de forma aleatoria, no utilizan las direccionales, manejan como borrachos en cantina a las tres de la mañana y desconocen las señales de tránsito. 
  • El chófer de camión urbano (brutus singularis): Está convencido de que es el dueño de esta calle y de las tres que le siguen. Se cambia del carril izquierdo al extremo derecho para dar una vuelta a la izquierda y una vez en ello, se da de reversa para acomodarse bien. No reconoce la existencia de otros vehículos, considera que el tráfico es una alucinación colectiva y si bien, él puede pararse quince minutos a recoger pasaje en una vía de alta velocidad, le aventará el camión encima al primer intento suyo de no manejar como alma que lleva el diablo si está frente a él. Maje rápido y trate de alejarse a discreción. Inútil tratar de razonar con él mediante uso de direccionales, señales o con el claxón: convénzase de una vez, para él usted no existe.
  • El ejecutivo de tres pesos (iphonerus adictus): incapaz de coger el volante sin tener en la mano el teléfono (iphone, blacberry o alcatel prepagado), maneja como imbécil por ir mandando textos, tomando fotos, actualizando su estatus en facebook, hablando, redactando posts para su blog o haciendo cualquier taradez menos poner atención en el camino. Medianamente peligroso en los cruces, semáforos, calles de más de un carril, calles de un carril, calles de dos sentidos, carreteras, estacionamientos, centros comerciales, glorietas y puentes. Asegúrse de que lo vio antes de acercarse a él.
  • El taxista gandalla (o el fan de Arjona): se jura un as del volante. Está convencido de que podría manejar por las calles del DF y jamás atorarse en el tráfico. La ventaja es que generalmente sabe manejar, es molesto porque es el típico gandallita que se vuela la fila para dar vuelta con luz en el cruce más abarrotado del semáforo. Déjelo pasar y recuerde que es fan de Arjona y eso, eso ya es como para no querer desearle otro mal.
  • El taxista viejito (tercus retercus): es sordo, no sabe donde están la mitad de las calles, se mete por donde quiere y maneja a veinte kilométros por hora en vías rápidas. A medio viaje se le olvida a donde iba y da un viraje de 180°C sin decir "agua va". Por su velocidad generalmente inofensivo. 


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