3.6.11

La hermana mayor mayor de mi mamá, tiene hijos más grandes que algunos de sus hermanos menores. Yo tenía como 7 años cuando mi sobrino (¿segundo? ¿tercero en grado relativo? ¿medio sobrino?) Andrés era una criatura encantadoramente cachetona que no comía dulces. Oh, no, los padres modernos de finales de los 80 estaban convencidos de que darle caramelos a los niños era un crimen que debería pagarse con la horca. Entre las restricciones alimenticias de Andrés, además estaban los elotes en vasito, la mayonesa, la crema de cacahuate, la mermelada, el pan blanco y todo lo que tuviera azúcar añadido. En vista de la epidemia de obesidad infantil, quizá no era tan mala idea. En cualquier caso, Andrés sólo sabía una palabra: "no".

Y toda la familia se horrorizaba. Si bien, en el fondo de sus almas sentían respeto por la voluntad férrea con que mi prima negaba a su propio vástago buñuelos, tamales de dulce y raspados de vainilla con leche condensada, en el fondo de su alma condenaban que su hijo sólo supiera decir "no".

A la vuelta de los años, yo me convertí en una persona que dice "sí".

Pero en el fondo yo quiero decir "no", porque "no" es la mejor palabra de nuestro idioma, es nuestra defensa segura, nuestro límite, nuestro autorrespeto. Decirle "no" a la gente que sale con sus tonterías de último momento. Decir "no" es quizá la mejor experiencia del mundo, te libera, te ahorra dolores de cabeza, te evita andarle ayudando a la prima de tu tía a traducir su tesis del griego al latin antigüo a as 3 de la mañana, te permite mandar al diablo a la gente que nomás te habla cuando se sienten tristes o miserables y necesitan escupirte encima todas sus preocupaciones idiotas.

A mí me gusta decir "no". Pero... no me atrevo.

1 comentario:

Campanula dijo...

Todos hemos querido decir que no, y luego respondimos con un Si :(
un abrazo