En la tarde mi mamá me preguntó si no me sentía mal por cualquier cosa. Le dije que no. Que en realidad tenía toda la razón al preguntarme, pero que uno no puede controlar lo que pasa.
Aún cuando nos gusta pensar que el mundo debería ser como nuestros teléfonos celulares y que podemos personalizarlo, adecuarlo a nuestro gusto y posibilidades, ni siquiera podemos controlar algo tan accesorio como la temperatura ambiente.
Pero es muy diferente decir "no controlo esto" y asumirlo a sufrirlo. Y quizá en ese sentido la lección más importante del fin de semana me la dieron en 10 minutos, mientras veía la introducción a la película no-se-cual de James Bond en la Central de Autobuses: así es la vida.
Y no como lo decía mi papá de "y sufriremos por ello". Así es la vida y nos toca sufrir, así es la vida y nos toca quedarnos con las ganas de comer nieve, así es la vida y nos toca tener calor.
Pero no. Así es la vida y nos toca comer nieve, disfrutar lo que se pueda y hacer lo que uno quiera, porque si de todas formas uno no puede evitar aquello que te pone triste, la mejor manera de pintarle el dedo a la vida es aceptar lo que ya no es, lo que no es y lo que no va a ser. Y olvidarlo. Porque en el olvido radica la clave para crear nuevos recuerdos.
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