Cambiamos para romper la rutina, pero en realidad únicamente la cambiamos de manera superficial, para poder asirnos a nuevas condenas, condenas que nos llevan a querer viajar a París el verano siguiente, y entonces, todos los días a las mismas horas, en la búsqueda de la ruptura, nos entregamos al frenesí del tráfico, el ritual del café matutino, el recuento de los correos electrónicos dirigidos a nadie, y hasta el vicio mediante el cual pretendemos escapar (llámese tumblr, twitter o facebook) se vuelve a la vez, rutinario.
Al final, solo hay un escape posible: la profanación de nuestras propias rutinas.
Uno debería poderle gritar que es un idiota al señor de los jugos que todos los días a las 10:57 de la mañana se aparece con su cara indolente frente a nosotros y al que todos los días le tenemos que sonreír y decirle "no, gracias", mientras ponemos cara de falsedad.
Es la rutina la que nos enseña a mentir, la que nos muestra los caminos mediante los cuales, luego de un día infame en el trabajo terminaremos llorando en nuestro auto, incapaces de ir a preocupar a "nuestros seres queridos" con la misma cantaleta de todos los días, porque hasta nuestra queja se ha vuelto rutinaria.
Y sabes que es estúpido, y entiendes que no debes mortificarte por la fluctuación peso-dólar o la hambruna en medio oriente, pero un día, de repente, te levantas te abruma verte envuelta en el mismo lodazal que tienes que atravesar para llegar de un día a otro. La rutina cansa como la célebre gota de agua que se utilizaba en tiempos de la inquisición para cercenar el cráneo: poco a poco, de forma constante, va atestando tu vida de tragedias que el resto de la humanidad califica de "minucias".
Nadie entiende lo aberrante que es lavarte las manos para descubrir que no hay jabón, que se te acabe el papel cuando te quedaban 3 oficios por imprimir, que se rompa el tacón o se desgarre la media. Todas estas tragedias tontas, por las que no te puedes mortificar, van acumulándose en tu alma como el humo que hace duro los pulmones de los enfermos de enfisema. De pronto ya no te ilusiona ir a París, o ver el atardecer.
Por eso, a la rutina hay que profanarla: como lo hacía Tyler Durden en Fight Club, introducir imágenes soeces en la proyección, buscar la liberación mediante la traición a la rutina misma. Llorar, si es preciso, porque nos engrapamos un dedo, o explotar porque sí.
A la rutina hay que matarla para seguir viviendo en ella.
2 comentarios:
tambien ayudaria tener una marla, no?
¿Qué es una marla?
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