30.11.10

Expectations vs. Reality

Cuando estaba en la adolescencia, la fantasía barata de mi secundaria de colegio de monjas que no era de monjas era vivir en un sofisticado edificio de departamentos en una sofisticada ciudad (y no en el pueblo) con las mejores amigas y que los mejores amigos vivieran en el departamento de enfrente para poder ir al café a hacer nada por largas horas.

Fantaseaba pensando en que ahí estarían el Gran Amigo de la Infancia, o la mejor amiga de la secundaria que escribía "te ciero" porque para ella la "c" y la "q" eran ampliamente intercambiables (la RAE seguramente apoyaría su moción), entre otros. Tendríamos trabajos que no serían fabulosos pero nos permitirían pagar la renta y ropa de diseñador, tener una estación de televisión, y sillones cómodos e ir al café a hacer nada por largas horas.

En Monterrey casi lo conseguí, excepto porque no era adulta, y tenía que estudiar para los exámenes y porque mis roomates a veces (no siempre) no eran mis mejores amigas, y ningunos amigos fabulosos vivieron en el departamento de enfrente.

Pero ahora... en la adultez auténtica uno encuentra con que esas fantasías baratas no son realizables. Si uno quisiera ir al café, se encuentra con que está agotado después de 10 horas en la oficina, que no tiene dinero para pagar el cine, que las fabulosas botas de piel de cordero recién nacido que valen millones de dólares están mucho más por encima del presupuesto real de lo que uno quisiera admitir y que uno se dedica las tardes del domingo a lavar ropa, planchar o desinfectar las paredes del baño.

O que a los 30 años sigues viviendo con tus papás, que tienes que pedir permiso para ir al antro, que sigues (horror de horrores) sin poderte desvelar entre semana y que beber exclusivamente martinis arruina tu economía y no aumenta tu grado de embriaguez.

No obstante, a veces la realidad es mejor que la ficción y te encuentras con las sorpresas de un fin de semana dedicado a ver películas y jugar videojuegos, que es mejor mil veces tomar café. No que el café esté excento de encantos, pero es reconfortante saber que a pesar de la falta de glamour, la realidad es mejor que las expectativas.


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