9.9.10

Before we both hang on the phone

Una de las frases predilectas de mis tiempos de adolescente azotada rezaba que el verdadero dolor es el que se sufre a solas. Me gustaba, no sólo por que hablaba de dolor, sufrimiento y soledad, que son ingredientes básicos de mi azotadez, sino por las implicaciones varias.

En primera descalifica como verdadero, el lloradero cursi de las canciones pop. Además, validaba la soledad como el momento más adecuado para sufrir. Y la sufridera triunfa. O triunfa cuando eres adolescente. O cuanto tienes una visión muy torcida del mundo. Sin embargo, uno entiende, al paso de los años que en efecto, el dolor es una experiencia única e intransferible y que no importa cuanto te empeñes en desmenuzar el hecho, analizar hasta el hastío porqué como y de cuantas formas te duele algo, nadie puede sentirlo, excepto tú. Uno puede estarle diciendo a la mejor amiga que el sol nunca volverá a brillar con la misma intensidad y ésta, a pesar de sus mejores esfuerzos, fantasear con las palomitas caramelizadas del cine más próximo.

De las tres mil cosas duras que uno tiene que enfrentar en la vida, la más traumatizante (y un inmenso número de canciones pop me avala) es decirle adiós al que creías era el amor de tu vida. Yo ya lo hice. Luego de ESA despedida, las demás se vuelven sistemáticamente más sencillas. En primera, porque sabes que no mueres y que luego vas a estar bien. Que el proceso consta de un solo paso y que una vez que lo tomas, descansas.

Lo siento mucho, pero decir adiós también supone un descanso. Lamento decepcionarlos a todos.

La bronca, el problema, mis queridos y pequeños e imberbes lectores, es que llegar al punto del mítico "adiós" supone todo un proceso mental que es largo, tortuoso y bastante desgastante, sobre todo para los que tienen que soplarse todo el rollo de porque dejar o no la relación. Y cuando uno llega a la sabia conclusión de que lo único que queda por hacer es irse, dejar atrás lo bueno y lo malo, el contacto, la llamadita de madrugada, el mensaje al celular, lo que nos queda es batallar con el fantasma de la costumbre.

No hay una forma digna o correcta de decir adiós. Muchas veces esa despedida se da, incluso cuando la persona ya no está en nuestra vida de forma tangible. El momento de lucidez, en el que entiendes que todo terminó, que no hay vuelta atrás ni corolarios de "seis meses después" que permitan a los amantes reencontrarse porque ya no son amantes, son otros. Son personas que terminan por no conocerse y que han olvidado las lágrimas, la ternura, el amor, el rencor, el dolor. Ya no hay nada ahí y no hay nada porqué quedarse.

Es en ese preciso instante, en el que la persona deja de ser tu pareja y se vuelve realmente hermosa, porque jamás volverás a estar con ella.


2 comentarios:

El Clavado dijo...

sólo he leído tus dos últimos posts y los dos me han latido, el tema de este está muy perro, la experiencia intransferible del sufrimiento y la soledad necesaria.

está chido del anterior lo de que se busca una persona físicamente atractiva al mismo tiempo que con algo más, y los finales de ambos textos... 'el amor no lo es todo, pero es indispensable' y el de éste.
creo que siempre pienso más de lo que digo, por eso me reprueban en los exámenes...

saludos y buena suerte.

Unknown dijo...

Muchas gracias! perdón por el delay en la respuesta.