30.7.10

Vaciones 6 y 7 / 7

Yeeeiiiii se acabaron las vacaciones. Por fin podemos volver a la rutina habitual: desmadrugarse en la mañana para ir a nadar, trabajar como loca de 9 a 9 y quejarse sobre ello y estar en línea la mayor parte de la vida.

Este periodo vacacional ha servido para dos cosas:

1. Incrementar mi odio a Facebook y
2. Descubrir que la gente tiene expecativas y opiniones propias (incrementando mi odio a Facebook).

Yo no sé porque insisto, en serio. Trato cada día de ser mejor ser humano y mantener el perfil abierto y aceptar las solicitudes de amistad pero, la verdad es que no me importa. No me importa si se casan o no, si van a fiestas y se toman fotos pisteando o si Facebook les dice que tienen un coeficiente intelectual superior al de Albert Einstein. Pero, tengo a tres o cuatro amigos ahí adentro cuya comunicación me resulta relevante así que no me decido a cerrarlo. Antes de salir de vacaciones procedí a pasar de 160+ amigos a 61. De esos 61 les hablo como a 3 en la vida real, pero algunos son familia directa y otros pondrían el grito en el cielo si los borro, más los tres con los que hablo IRL.

Sic.

Por otro lado el roadtrip por el bajío mexicano me ha dejado buen sabor de boca, uno sabe que las vacaciones fueron adorablemente gratas cuando regresa sin saber que día es y con más de 15 llamadas perdidas en el celular porque le bajó el timbre y olvidó volver a subirlo.

Me gusta viajar. Podría fácilmente adaptarme a una vida vacía llendo de ciudad en ciudad visitando museos, iglesias y monumentos de diversa índole, sin otra obligación en la vida que la de disfrutar el paisaje. Me gusta viajar además, de forma ligera y comprar souvenirs estrafalarios, como el anillo antiguo que conseguí a mitad de precio de un viejecito que luego de decirme que estaba muy bonita (awww los viejecitos rabo verde son el hit) me llevó a la parte "realmente impresionante" de su muy viejo local y me enseñó un montón de anillos y aretes de piedra natural montados en plata de hace mil doscientos años (o diez): me enamoré de un conjunto de turquesa montado en plata que costaba 350 pesos, pero al final compré un anillo tamaño escarabajo petrolero que logré rebajar de 500 a 300 pesos (óquei, no fue la mitad de precio, pero déjenme tener mis fantasías baratas). Salí corriendo del local y escuché claramente que gritaba "adiós mamacita" (awww los viejecitos rabo verde).

Y luego del regreso me dediqué a mucho dormir y a reflexionar sobre los temas que por sentido común trato de evadir. Llegué a conclusiones importantísimas: comer sano más que una opción debería ser la obligación de cualquier ser pensante y siempre existe la posibilidad de repetir los patrones aprendidos en la infancia. ¿Es realmente malo? Quizá uno debería hacer en esta vida lo que te hace genuinamente feliz, ¿pero qué es eso? ¿dónde está el maldito equilibrio? LA amiga me contó del libro "Porn" de Irving Welsh (o algo así, lo buscaría en wikipedia pero casi va a dar la una de la mañana y nel, el caso es que el autor es el mismo de Trainspotting) en donde todos tienen un vicio pero al final no le va bien a los buenos o a los malos, sino al bato que ve por sí mismo. Tarán.

Gran lección de vida: uno tiene que ver por sus propios intereses y encontrar el maldito equilibrio.

Ejemplo A: te la pasas trabajando de 9 a 9 porque eres muy feliz en tu trabajo y te pagan bien y sientes una gran satisfacción en hacer bien tu trabajo, pero tienes a tus hijos desatendidos, no tienes tiempo de hacer ejercicio y terminas solo, sin perro que te ladre y con sobrepeso. Eventualmente ese dinero lo vas a tener que gastar en un marcapasos o un bypass gástrico. O en ambos.

Ejemplo B: tengo una tía que decidió que nunca iba a tener hijos. Como vive en el gabacho y tiene buen trabajo gana lo suficiente para costearse viajes al extranjero, coleccionar arte y en navidad regresar a su pueblo natal a repartir dulces y ropa entre los niños pobres. Y es muy feliz y generosa y es de esas personas con las que resulta altamente gratificante platicar porque siempre tiene historias interesantes y te contagia de un entusiasmo genuino y no esa porquería televisiva que las amas de casa se tienen que soplar mientras hacen el quehacer en las mañanas.

Obviamente yo no aspiro a ser la chica más triste que jamás ha sostenido un martini toda la vida, aunque, como Miguel Bosé, sufra por placer. Si alguna vez consigo que alguien hable de mí, quiero que sea en los términos de "esa morra fue muy feliz". No en los términos convencionales de "tenía una casa y un perro, un marido y dos hijos" porque, aunque aspiro a reproducirme y encontrar al tipo indicado, no creo que los hijos, el marido y el perro constituyan la felicidad. Quiero ser feliz en mis propios términos, en las circunstancias que tenga que vivir, así sea matando zombies vampiros que me asustan (sigo con la lectura de Nocturna pero sólo leo de día porque soy bien coyona).

No sé todavía cuales son mis términos, pero sé que incluyen esa sensación de bienestar que últimamente he experimentado y a la que intuyo, será muy difícil renunciar. So be it.

Más amargura y mala ondez en próximos posts.

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