31.7.10

Covers

El amor es como una canción. No, no, no, no crean que ya me transformé y ahora pertenezco al lado dulce y lleno de mariposas y conejitos que la mayoría de ustedes habita. Es un mundo que admiro, en el que disfruto mis visitas, pero en el que simplemente no puedo vivir. Lo mío, lo mío, es la decadencia: estar tirada en un sofá, con las luces apagadas escuchando música; lo sé porque como les decía antes el amor es una especie de melodía que te hace ameno el momento.

Más que ameno: te cambia las emociones, te transforma, te hace sentir invencible y miserable al mismo tiempo, te llena de fuerzas y te quita todas las ganas de vivir si lo pierdes. El resto del tiempo, cuando no amas a alguien, funcionas en un mundo átono. Los árboles que hay camino a tu casa son los mismos, y los pajaritos también revolotean y la gente sonríe, es sólo que tú no te das cuenta porque vas por la vida en modo funcional y no en “stereo surround” o “Dolby”.

El amor establece los parámetros de tu día: si la noche anterior fue buena, escucharás el trinar de los susodichos pájaros, el ruido que hace el agua al caer mientras atraviesas el parque a primera hora y los jardineros lo riegan, escuchas risas entre la gente a tu alrededor. Si, por el contrario, la noche anterior fue aterradora, no dormiste, temes perder al objeto de tu afecto, escuchas el atronador ruido del tráfico, las groserías que se dice la gente a tu alrededor, los comentarios soeces de los jardineros mientras atraviesas el parque a primera hora. El amor tiene un ritmo, una cadencia y despierta emociones específicas en ti haciéndote sentir más vivo: como una canción.

Y he aquí, que el amor además es una canción versionada. Todos tus amores son el “cover” del primero. Del primer amor, esto es. No de la primera vez, no del primer beso o del primer novio, sino de la primera vez que alguien te miró a los ojos y te sentiste imposibilitada a sostenerle la mirada porque descubriste que lo amabas demasiado. De la primera vez que alguien te dijo te quiero y saliste a la ventana de tu departamento en el último piso y gritaste a la calle: “me quiere y yo también lo quiero”. De la primera vez que dijiste “te amo” y entendiste que “amar” era un verbo devastador. De la primera vez que proclamaste ante tus amigas que entre Brad Pitt e ______, tú preferías a _______. De la primera vez que te preguntó que opinabas de lo que te acababa de contar y no supiste que responder porque estabas enlelada contándole las pestañas. El primer amor marca ritmos, cadencias y temas que no podrás olvidar jamás.

Hay más amores después del primer amor. Y no necesariamente el primer amor es la mejor versión de todas: quizá eras demasiado imbécil como para conservarlo y te la pasaste haciendo dramas innecesarios, o no fuiste correspondido, o fue lo máximo pero el amor de tu vida resultó ser alguien más. A final de cuentas yo pienso justamente eso: si la persona que amas no está contigo, quizá no sea el amor de tu vida. Espero que en mi vejez no les esté escribiendo un post diciéndoles “pues si, el amor de mi vida fue fulano y no me quedé con él” porque a pesar de todo, yo aún creo que el amor puede sorprenderme. Sí, ya sé, el mundo de los conejitos. Regreso a mi exilio, ustedes disculpen.

A lo que voy, es que el primer amor establece las pautas, lo quieras o no, de tus futuras relaciones y se convierte en la suerte de tabla rasa ante la cual todos serán medidos: unos salen favorecidos y a otros les das las gracias en veinte minutos. Perderlo, pero realmente perderlo (nada de “cortamos pero lo sigo viendo todos los días”), cuando aún lo quieres es una de las peores experiencias que he vivido. Recuerdo todavía el día en que mi roomate me encontró rodeada de pañuelos desechables y los ojos hinchadísimos de tanto llorar: “lo peor, Rumicienta, lo peor de todo es que aunque sientas que te mueres, no te mueres”. Me sirvió un tequila y nos pusimos a cantar canciones de Joaquín Sabina. No me morí.

Al primer amor, al primer, primer, primer hombre que amas, le deseas todo, pero sobre todo: la felicidad. Y jamás vuelves a querer a alguien igual. Hay amores diferentes: más maduros, menos apasionados, más egoístas y mejor pensados. Al menos, eso es lo que a mí me pasó. Y te enamoras otra vez, y sientes de nuevo que hay música, y sabes cuales acordes te podrán entristecer y los evitas y descubres acordes nuevos y exploras ritmos distintos, tesituras de voz, modulaciones y agregas bemoles y sostenidos. A veces, la melodía resultante es completamente distinta de aquella experiencia primera: y lo agradeces, aún si es por ese primer amor que aprendiste que hay un mundo de conejitos y mariposas. Y por eso este post ha quedado tan terriblemente cursi y salpicado de miel, porque mi primer amor fue maravilloso, fue fantástico, triste, alegre, inverosímil e inolvidable, como todos los primeros amores.

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