Así como el infiero seguramente está lleno de peluqueros, el cielo debe estar lleno de gente que te hace faciales. Yo odio ir al salón de belleza, me aterroriza no saber que responderle al que me corta el cabello, siempre, siempre, siempre me dice que tengo las puntas resecas, y casi le da el colapso desmayísitico cuando le confirmo sus peores temores: nado en cloro una hora tres veces por semana y nunca de los nuncas me plancho el cabello. No sé que les aterroriza más: si el hecho de que uno lave su cabello diario o el que uno no lo queme deliberadamente. El caso es que termino sintiéndome pésimamente mal, bajando la mirada y con un corte que rara vez me gusta. Los centros de tratamiento dermatológico son todo lo contrario. Nada le da más placer a una dermatóloga que descubrirte una peca, un punto negro o cualquier otro tipo de imperfección. Te ofrecen café y galletitas (para deshidratarte la piel y llenarla de grasa, obvio) mientras esperas, las "cosmetólogas" (dícese de la empleada de bata blanca que hace el trabajo sucio) te tratan como si pertenecieras a una especie de culto secreto y hablan de las últimas novedades cosmetológicas con la familiaridad con la que dos oncólogos discuten tumores cancerígenos en una convención médica. Las salas para el tratamiento son siempre minimalistas, de colores claros, con plantas y fuentes "zen" que te relajan mientras te ponen de fondo el sonido de las olas del mar.
Nada más reconfortante que pasar cuarenta y cinco minutos recibiendo un masaje facial sin que nadie te diga nada. Las cremas huelen excepcionalmente bien, y de pronto, ahí, acostada escuchando un mar mp3, sentí que mi frustración, mi tristeza, mi decepción ante injusticias que no está en mi mano remediar se disipaba. Benditas las cosmetólogas, porque de ellas es el spa de los cielos.
Mi madre tiene planes diferidos para las vacaciones: ella quiere pasear, ver museos, alejarse del mundanal ruido y nada mejor para hacerlo que México-Distrito-Federal. Aparentemente nos vamos mañana, yo lo agradezco un poco, y sueño con entrar a la librería El Sótano enfrente de Bellas Artes y a medio día comer una ensalada ahí mismo, con las tiendas de telas y estambres que están detrás de Liverpool y Palacio de Hierro en el centro histórico, porque quiero tejerme una bufanda gris en punto tunesino para este invierno.
Al rato ofreceremos la pijamada que celebrará el final de mi tercera década y el comienzo de la cuarta para Maléfica (yo cumplo 30, y ella 31). La Santa Patrona que oferció venir desde Saltillo al parecer no viene, no llegó, se perdió en el camino (seguro huyó con algún alemán). Pero bueno, estamos los que estamos y yo tengo terror de que la música va a resultar aburrida, que no me he planchado el cabello, que mi pijama de cuadritos no combina con mi playera de Arctic Monkeys, o de Radiohead o que mejor debería llevarme la de NIN, pero el tema es británico y Trent Reznor no pertenece al imperio, ni modo.
Ya tengo globos.
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