El horario de verano prolonga la tarde y escucho a Frank Sinatra. Pienso entonces en lo ideal que sería tener un whiskey en las rocas y un cigarrillo a mano. Apagar la luz, encender las velas, y mirar llover, perdiéndome en sonidos maravillosamente nostálgicos. Pienso en el efecto maravilloso del momento de vacuidad, de olvido, en ese dejarse ir detrás de pensamientos que ni siquiera logran ser ideas, imágenes elusivas, ensoñaciones de media tarde.
Y pienso que algo está terriblemente mal en una sociedad donde no hay lugar para el vacío. Donde todo debe tener un propósito, un fin, y una utilidad. Los actos egoístas están ahí para que podamos mantener la cordura: el bolso carísimo, las vacaciones en la playa, una botella de buen licor. Nadie se beneficia de ellos, seguramente está mal que caigamos presas del tan satanizado consumismo.
El punto, es que, en esos momentos en que nos olvidamos de los demás, en que satisfacemos nuestros caprichos somos un poco más libres, saltamos y corremos en los charcos de agua, o nos quedamos partidos de risa por cualquier tontería. No hay jefes, padres de familia, censuradores morales y tiramos nuestros miedos a un ladito. Estamos solos, de verdad solos, en ese momento de vacío y por unos segundos somos invencibles, porque nadie importa más que nosotros mismos.
En esos momentos de infinito egoísmo, de vacío moral y social, sonreímos. Tampoco es que uno se dedique al vacío toda la vida, porque si toda nuestra vida se vuelca sobre nosotros mismos, jamás podremos escapar y entonces sí seremos esclavos para siempre. Pero el vacío nos permite apreciar ese mundo que por unos instantes se hizo borroso.
Unos encuentran su vacío en el deporte, otros en la bebida, y otros más en escuchar a Frank Sinatra en una tarde lluviosa.
In other words, please be true.
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