11.6.10

Post reflexivo de tres pesos que resulta redundante y predecible

Anoche salí a tomarme unas cervezas con LA amiga. Cuatro para mí y tres para ella. Hablamos sobre los grandes temas del universo, a saber: política, amor y libertad de expresión. Es decir, del tema de moda y de los hombres, que a fin de cuenta uno tiene amigas no para ir al cine, sino para tener un marco de referencia sobre la propia cordura. A nadie más le puede preguntar uno si es normal que uno sienta "maripositas", o contarle cuarenta y dos mil veces la misma escena cuadro por cuadro para determinar si había algún mensaje i-m-p-l-í-c-i-t-o en el tono de voz, el ángulo de los ojos o la iluminación de la habitación.

Hablamos de los amores que llegan y de los que se van. Pero también de los que tienes que sacar de tu vida. Y yo que estoy tan triste porque no sé si puedo seguir confiando en mí. El problema es que a mí no me gusta la incertidumbre y el amor es un juego de azar. Te pueden querer, pero puedes no querer, y puede ser que inclusive el amor resulte insuficiente. Aunque la estadística me desmiente, odio los noviazgos. Detesto las obligaciones contractuales que implica tener una pareja: los sábados viendo televisión en el sofá, los favores que tienes que hacerle al otro y siempre al final te quedas solo. La búsqueda del amor se traduce entonces en la búsqueda de la soledad. Al final, nos quedamos solos, tristísimos, refugiándonos detrás del cristal de una felicidad a la que nunca se nos permite acceder.

El amor es el juego de las pérdidas y por eso, supongo, me he vuelto cínica en cuanto al tema. En voz alta profiero que el amor es para los tontos, que sólo los estúpidos pueden encontrar su felicidad fuera de ellos mismos... y no por ello dejo de desear compartir ese mundo horrible y colorido en el que viven los enamorados.

Yo no sé que busco en el otro. Sé que ya he superado la etapa de la "otredad", ya no me asustan los ojos cerrados o los silencios. Antes bien, los agradezco y necesito que el otro sea en verdad él mismo sin mí y yo disfruto una existencia sin coacciones.

Cuando era niña me enamoré de un sacerdote. En esa etapa de la infancia en la que todas se enamoraron de sus padres, yo me sentaba en la puerta del departamento a ver pasar a un sacerdote que acudía cada tarde a la oficina (de niña yo viví en un edificio de oficinas). Mi teoría es que esto me arruinó el gusto. Elaboro: el sacerdote era moreno, de ojos grandes y cabello negro y aunque MTV y Hollywood me bombardearon con modelos de belleza güeriojoazulesca, mi corazón le es fiel a mi estereotipo infantil. El problema es que a los prietos, les gustan las güeras. El cual, no es mi caso. Y mientras yo suspiro por que en mi mente todos los morenos huelen a canela con leche, no ligo un prieto ni a trancazos. Y cuando alguno me llega a hacer caso, no pasan más de dos minutos antes de que diga "me gustan las güeroooootaaaaaas". Imbéciles.

Pero me desvío. Lo que yo quiero es un código compartido. Yo quiero esas palabras que sólo él y yo entendamos, las conversaciones eternas, los silencios cómodos. La emoción de un punto de vista que sabemos que el otro entiende. Yo no quiero un físico envidiable, o la comodidad de una seguridad económica. Yo quiero alguien que me entienda, esa isla entre el mar de rostros conocidos en dónde me pueda descubrir a mí misma y ser, porque uno aspira en el amor a trascender, esa misma isla para el otro.

El amor creo que debería de ser ese conjunto de referencias secretas, ese espacio donde puede ser tú mismo. El amor no debería de ser sólo anhelo, sino también paz.

Aún si no existe.

1 comentario:

Campanula dijo...

Y quien dijo que no existía? no estés tan segura :), no el amor de Disney pero si otro menos perfecto, mas real y mucho mejor