El problema no es sólo el código compartido, sino creer que lo compartes o bien, esa creencia aunque se compartan realmente pocas cosas. Una vez le dije al psicólogo: "he encontrado al amor de mi vida: nos gusta la misma música", a lo que respondió con desdén, replicando que a mi edad la música era muy importante. Nueve años después una de las razones que me llevaron a la cancelación del compromiso era que no le gustaba al individuo, la misma música que a mí.
En parte el psicólogo tenía razón: la importancia no radicaba en la música, sino en la falta de un código compartido. En "La Insoportable Levedad del Ser", Milán Kundera incluye un capítulo denominado "diccionario de términos incomprendidos". Lo que sustenta mi teoría de que entre más joven se conoce una pareja, más probabilidades de éxito tiene en la construcción de ese código. Así como con los amigos de toda la vida, a los que no les tienes que dar cuentas sobre tus creencias religiosas, situación familiar o predilección de equipo en el fútbol, aquellos que van descubriendo el amor a edad temprana y juntos, van diseñando sus besos, caricias y abrazos en base al asombro de lo, todavía, desconocido.
Y luego sucede, que uno atraviesa un punto, en un ámbito o en varios, donde son pocas las palabras que quedan por codificar. Un ex novio me regaló un CD con canciones "de amor", tres de las cuales yo relacionaba por motivos diferentes con otra relación. No tuve el corazón de decírselo, pero tiré el CD a la basura al poco tiempo y le dije que lo había extraviado.
Entonces quizá no es amor, sino miradas que son comprendidas y expresiones que no tienen necesidad de ser explicadas.
1 comentario:
La verdad estoy de acuerdo, aunque siempre deberá existir algo novedoso... ojala
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