Ayer fui a comer a Aguascalientes con mi mamá. No porque en el pueblo no haya buenos restaurantes, sino porque yo no estaba de ánimo de encontrarme a nadie conocido o de peinarme. Cuestiones que combinadas resultan en que uno termina sintiéndose peor si, en efecto, se encuentra a alguien conocido.
Así pues, me fui hasta el fin del mundo (y/o al estado vecino) y entré al primer restaurante con pinta de ser para gente bien que encontré. Craso error. Aún y cuando el número de comensales y sus vestiduras indicaban un lugar de comida decente, me encontré con un menú lleno de opciones de fondita: enchiladas San Marqueñas, lomo al estilo "de la abuela", pollo frito adobado y crema de verduras. Me dieron mantequilla rancia, las guarniciones base de los platillos eran papas a la francesa y en lugar de panecillos daban BOLILLOS.
Mi expresión ante tal cúmulo de insultos fue la siguiente: ¬¬
Es decir, a mí me encanta comer fuera. Adoro los restaurantes, los manteles largos, las servilletas de tela, la vajilla en juego con las tazas para el café ó té, copas para agua y vino y plato de servicio. Pero detesto que me quieran ver la cara y vender una birria que puedo encontrar de mejor calidad en el mercado local, a precio de comida importada carísima de París.
Yo no estoy en contra de pagar, pero tampoco estoy de acuerdo en los precios excesivos. En el restaurante del hotel de súper lujo de mi pueblito venden una ensalada César que tiene tres hojas de lechuga, tres. Preferiría pagar 20 pesos más y no sentir que en cualquier momento van a salir los de cámara escondida a decirme que todo es una broma de muy mal gusto.
La mala experiencia de ayer también me hizo revivir mi horror justificado a los buffetes. A ver, ¿por qué va a ir uno a pagar cientoymadral de pesos para comer algo que uno no quiere comer? Mi mamá dice que uno puede elegir, pero no es cierto: uno no puede elegir nada, sólo ponen lo que los cocineros quieren, que por lo general es hórrido (salvo el buffet del Wong, pero es que ahí todo está rico y todo sí se antoja) y uno no tiene opciones reales. Nada de "tráigame la ensalada italiana con queso de cabra, pero sin queso de cabra y sin lechuga, por favor". No, señores, ahí ya están las cosas como son y se acabó. Y además, horror de los horrores, uno se tiene que levantar a SERVIRSE. Para eso mejor me quedo en mi casa y me preparo un guacamole de queso azul. Fíjense.
Y aún así, al final me trajeron la ensalada italiana con queso de cabra y lechuga, zanahorias tiernas y aceitunas y fue deliciosa. Y fui muy feliz por tres minutos. Luego me volví a enojar porque el mesero le trajo la ensalada ya con el aliño a mi mamá y yo se la pedí con el aliño aparte y tuvimos un duelo de miradas en el que tuvo que intervenir otro mesero y juré sobre varias tumbas conocidas que no volvería ahí. Nunca. Nuuuncaaaa.
Hoy planeo comer ensalada de arándanos con queso azul. Que cambiaría felizmente por queso de cabra, pero me da miedo comprar queso de cabra en la Soriana del pueblo, porque pienso que nadie más come esas cosas y seguramente es viejo y sabe horrible. ¿Marcas que sugieran?
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