15.6.10

The dream house and the cake stand

A mí me cuesta aceptar mi feminidad. No en cuestiones de equidad de género, que es un tema en el que creo tanto que no lo considero a discusión, como no discutiría el color del cielo. Los iguales deben ser tratados iguales y hombres y mujeres no somos iguales; por lo tanto se debe dar un trato diferenciado para acceder a los mismos derechos humanos. Ahora voten por mí en la próxima elección popular. O no.

A lo que iba, es que me cuesta creerme cuando me descubro emocionada mientras el aroma a pastel inunda una cocina y todavía me emociona introducir un palillo en un pan, mientras aún está en el horno, para comprobar el grado de cocción.

Desde que leí "Setenta Veces Siete" de Ricardo Elizondo he fantaseado con hacer las cortinas, sábanas y manteles para mi primera casa, como tal. Porque uno puede tener muchas cosas, pero esa satisfacción malsana que te da terminar de tejer una bufanda, hornear un pastel o bastillar un mantel, es comparable sólo con pocas cosas. No es como escribir: el otro día descubrí que sí he dedicado muchas horas al malsano placer de extender mi imaginación más allá de lo recomendable para producir predecibles y horribles textos de lamentos mediocres que merecer terminar en el olvido. No se compara tampoco a resolver un problema del trabajo: conseguir una cotización, resolver un problema hipercomplejo; me he quedado las suficientes horas hablando con el soporte técnico de otro país para resolver algo, con éxito, como para saber que no es algo placentero. Es un logro sí, pero es un logro que busca reafirmar una posición de poder en la empresa (el poder de que no te corran, también es un poder, aunque pequeño, invaluable en estos tiempos de crisis), o significa sacarte por fin de la cabeza esa idea que te atormenta.

Cocinar un pastel no cambiará al mundo, no te hará una mejor persona. Es algo a lo que decides dedicarle una tarde. Me gusta batir la mezcla, el sonido del motor de la batidora, el aroma de la vainilla elevándose tímido entre harina y leche, el color de la mezcla y los matices que indican la incorporación de los ingredientes, el raspar del azúcar mascabado en el cuenco, ese azúcar duro y sin refinar que se resiste a diluirse. Me gusta pensar en que uno puede dedicarle la tarde a quehaceres olvidados, que ese mismo dispendio de horas hábiles le traiga regocijo a alguien más, el placer inocuo de un pastel casero, o de unas sábanas de bramante, que se extiendan frescas sobre una cama recién hecha.

Como esa pequeña infidelidad al mundo laboral y corporativo, donde de repente uno deja los zapatos bostonianos y la camisa de vestir a un lado, para ser por unas horas, una mujercilla, una mujercilla que aspira a la casa soñada y a colocar su pastel en un posatartas.

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