4.12.09

Llaves

La chapa de mi oficina es extraña: la llave original se perdió hace mucho, mucho tiempo, desde entonces, probamos con llaves de chapas similares de oficinas contiguas. Pero, los problemas no terminan ahí: además de meterle una llave que no es, y de moverla ligeramente de izquierda a derecha en lo que escuchamos el mítico "click", pierdo las llaves.

Tengo una capacidad genética demostrable para hacerlo, luego las encuentro en los lugares más inverosímiles: en la bolsa del tejido, bajo la máquina de coser, en la oficina de mi jefe, el otro día, sin más, fui a poner gasolina y el despachador me advirtió que tenía las llaves en el techo del automóvil.

Así que hoy y ayer, y cada dos días, llego a la oficina y me pongo a preguntar quien trae llaves de su oficina. No de la mía, de las de ellos. Pruebo, una y otra, y luego de un rato consigo entrar en mi oficina. Pero reconozco que la gente se harta. Como ayer.

Llego tarde y de malas y me encuentro con que han contratado a un cerrajero. Me quedo estupefacta viendo al hombretón parado frene a mi oficina ofreciéndome una flamante caja. Miro con profundo terror a mi asistente, quien me sonríe como quien asegura "todo está bien" mientras sabe que "todo está mal". Antes de comprender que es lo que está pasando el hombre me alecciona sobre el cuidado de las llaves, levanta la voz, me dice que él tiene la solución perfecta para mi problema, no es que él sea presuntuoso, pero terminará con todos mis dolores de cabeza de una vez por todas y para siempre. Acto seguido, abre la caja, seguro de sí mismo, muy orondo, muy feliz, muy "salvador de almas", "solucionador de vidas". La caja, como lo sospeché desde un principio, no contiene una chapa nueva, o herramientas sofisticadas. No, señores, en la caja enorme hay una llave.

Una llave, que además, él asegura que es la que puede abrir la oficina, porque es una "llave maestra". Tomo la llave en mis manos y la examino: su tacto es cálido, pero hay algo definitivamente mal en el diseño. Mientras todas las llaves que han logrado abrir la puerta de mi oficina son llaves convencionales, esta parece la llave de un automóvil y tiene huecos circulares en su diseño.

Le digo que no, que está mal, que esa llave no puede ser, que mire la chapa por dios, que por favor al menos se tome el tiempo de desarmarla un poco, de desmontarla, sí quiero una llave nueva, quiero una llave que quizá ya no perderé, pero de nada me servirá tener una llave que no va a abrir mi oficina.

El hombre me mira indignado, se ríe socarronamente y me asegura que ESA es la llave que necesito, que él lo sabe, y que yo, no debería cuestionarme nada.

Insisto que no, no señor cerrajero, no. Trato de meter la llave en la cerradura, obviamente sin éxito, volteo a verlo. Ya que al fin la administración autorizó que gastáramos en un cerrajero, quiero que desmonte de chapa, que la cambie, que haga una llave nueva, quiero genuinamente dejar de perder cuarenta y dos minutos cada mañana, hasta que logramos que se abra la oficina, porque no, dejarla abierta no es una opción y ... y ... el hombre me mira con desdén.

Insiste, en que es la llave correcta. Mi asistente nos ve a los dos estupefacta. Alrededor de nosotros se ha formado un pequeño corro de asistentes ociosas y choferes divertidos. Escudriñan nuestras expresiones, se ríen por lo bajo, me doy cuenta perfectamente de su apuesta silenciosa por el fracaso estrepitoso de la intentona de solucionar lo de la puerta. Después de todo, está descompuesta de años, y no esperan que ni yo, ni nadie, logre abrirla sin trabajos jamás.

- Es que, por favor, quite la chapa y vea el tipo de llave que necesita. Yo necesito una llave nueva, pero esa que usted tiene no sirve.

El hombre bufa. Bufa. Se enoja. Cada vez más, cada segundo está más molesto, porque yo soy una idiota que no puede ver que la llave incorrecta puede abrir la chapa incorrecta. Mi estupidez le escandaliza. Y vocifera.

- ¡Jamás! ¡Jamás volveré a esta oficina! ¡Son todos iguales!

Se retira dando un portazo.

Yo me siento mal, abrumada, quisiera llorar bajito, pero los choferes y las asistentes ociosas esperan que lo haga. Llega el velador con la llave de la oficina de relaciones públicas y finalmente abre la puerta. Quiero aventarle la lámpara a mi asistente, quiero olvidar lo sucedido. Me siento molesta por la imposición rupestre de una llave, me siento molesta por una llave. Decido ponerme a revisar las cajas de archivo muerto, porque nada calma más los nervios que los registros de eventos que a nadie le importan. Entre el registro "Llamadas" y "Lomas de Chapultepec" encuentro una carpeta que dice "Llaves". La abro incrédula: en una bolsita ziploc encuentro tres llaves comunes y corrientes. Nerviosa, las pruebo en la chapa.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

esto es como una especie de mensaje, donde alguien te quiere decir algo, no???

Unknown dijo...

Sin duda. Pero es más bien la respuesta al mensaje que recibí.