La discusión de algunas amigas sobre el "latin-effect" cuando te encuentras como mexicanita en otro país, y que supuestamente hace que todo güeriojoazul de poca monta muera por ti, trajo a mi mente imágenes de mi programa de intercambio.
Aún cuando los mexicanos y latinos en general son cosa corriente ya en muchos países de Europa y hay nacionalidades mucho más exóticas que la nuestra, me sucedió algo, que si bien no fue un "latin effect" per se, resultaba bastante cómico (al menos para quienes lo observaban desde fuera).
Si bien, en la universidad éramos más de 500 estudiantes de intercambio, y sólo un reducido número de representantes de Finlandia, parecía que yo tenía un letrero de "Asilo a Fineses" pegado al trasero, porque a donde iba salían finlandeses. En un principio pensé que era una coincidencia extaña, y lo atribuí a que como son los más al norte del planeta, la vista de cualquier piel morenita les debía incitar la curiosidad. Pero cuando salimos de vacaciones me di cuenta de que no importaba en que ciudad de Europa estuviera, si un hombre me hacía propuestas indecorosas, lo seguro era que fuera de Finlandia. El colmo fue cuando conocimos a la selección de basquetbol de ALEMANIA y el guey que me tiró el calzón era de... es innecesario repetirlo.
Ahí era mi oportunidad para tener un hijo de ojo azul, pero no, estaba yo perdidamente enamorada del Innombrable y su prietez, así que ni modo, me tuve que fajar las faldas y decirles que no, que no me quería acostar con ellos y que no importaba que fueran guapísimos o que hacer el amor fuera algo realmente sencillo.
(Un bato me propuso sexo con ese irrefutable argumento).
Lo raro es que a mí, me gustaban los alemanes, pero esos hijos de Carlo Magno no me volteaban a ver. Oh, sufrí mucho. Yo que deseaba añadir un bábaro a mi colección de hombres, me tuve que conformar con un bato de Tampere. Ni modo.
Ayer vi Revolutionary Road, lo que nuevamente vino a cimbrar mis ideas del matrimonio: quizá no es ese paraíso que los comerciales de La Lechera y Filadelfia insisten en hacernos creer posible, quizá realmente existan personas que sienten que su vida acaba cuando de repente se ven junto a alguien de por vida, o que no encuentran emoción en cambiar pañales, preparar papillas y escuchar las mismas peroratas de siempre sobre un trabajo que te consume y la hipoteca.
Me dejó con la certeza de que aún en una relación, uno debe ser independiente y me deja de frente a una realidad que se modifica constamentente. Muchas veces he querido agarrar mis chivas e irme a vivir a Europa: no por la cultura, o por el nivel de vida, sino por los hombres. No casarme nunca, y dedicarme solamente a tener amantes de ojos azules o clones de Michael Ballack.
Pero pienso que la humanidad es humanidad aquí y en China (y en China es quizá 1,600 millones de veces más humana), y que para lidiar con las rarezas de alguien bien se puede hacer de este lado del charco, que de aquél. No tengo expectativas de un sólo estilo de vida para ser feliz, nunca las tuve: además la decadencia y la desesperanza me llaman y me llenan. Pero coincido con que Revolutionary Road es una gran película, con un final que ni siquiera alcanza a ser triste, sino llanamente humano. Y claro, reconozco también que un día, termine muriendo lentamente en un matrimonio más, como los hay miles, preparando dulces de leche condensada y horneando panecillos.
1 comentario:
esa humana humanidad ... tan inhumana a ceces :P muchos tambien quisieramos estar en europa aussshhh estocolmoooooo !!! pero ni modos nos tendremos que conformar son euruapan =(
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