9.11.06

Moda, demonios, cuida niños y otros placeres cuestionables

Crónica de los trabajos infernales. Además de dedicar largas jornadas al estudio de la evolución de la humanidad y a la lectura de ensayos maravillosos sobre la historia de la música clásica, las bellas artes y otras pajas mentales que hasta de recordarlas me doy flojera a mí misma, también suelo dedicar un presupuesto a la adquisición de literatura "best seller". ¿Por qué? Porque contrario a aquella canción maravillosa de Radiohead: pop is not dead.
Cuando tenía 15 años y era una adolescente maniática (leía a Hesse) despreciaba todo lo "comercial". Agradézcanle a mi psicólogo, quien en lugar de darme terapia para resolver mis traumas mentales, trataba de simplemente tratar de convertirme en mejor persona. No sabemos aún si lo logró, pero al menos me abrió los ojos al maravilloso mundo de cruzar las fronteras de tus esquemas mentales.
Así, comencé a leer por ejemplo a doña Guadalupe Loaeza: podrá no haber propuesto una forma innovadora y marcado el rumbo de la literatura internacional, comenzando movimientos literarios a partir de sus lecturas, dejado a todos con la incertidumbre de lo que sería un cronopio o legado textos llenos de interpretaciones mágias y sabiduría milenaria, pero se necesita no tener corazón para no reírte con algunos pasajes de sus libros.
Así que compro libros ligeros y de fácil lectura para cuando lo existencialista comienza a salirme por las orejas y me da espasmos: de este modo conocí antes que organización Ramírez Devil wears Prada y el estreno del siguiente año: Los Diarios de Nanny.
¿Por qué encuentro un placer enfermizo en esas lecturas? Quizá porque te remiten a ese jefe insoportable, aunque no todo termine bien siempre, aunque no consigas la promoción que deseas el proceso puede ser tan absurdo e insolente que llega a ser divertido.
Quizá porque queremos reír un poco antes de la tormenta, o porque nos hace falta cierta capacidad de burlarnos de nosotros mismos, de lo que creemos y eso nos pueda ayudar a dormir mejor en las noches.
Me dan infinita flojera las personas con criterios mínimos, y no se apresuren a culpar a los seguidores de Anne Rice, también son de poco criterio los que clasifican sus compras de libros por la dificultad de su lectura. Son como las personas que comen demasiada proteína y lechugas: quizá son más sanos, su consumo intelectual/nutricional es de mayor valor que el del que se atasca la hamburguesa con papas.
Sólo tenemos una oportunidad para ver el amanecer. No quiero perderlo cuestionando si los colores con que se ha teñido el cielo son los más acordes a esta hora de la mañana. A veces, es cuestión de sumergirse en la sensación de que todo podría estar bien. De que no hay problemas serios. Por eso me gusta la literatura light. ¡Tómala Joyce!

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