27.9.06

In the shape of things to come

Tenía 18 años, me di la vuelta y dejé a mi mamá llorando en el aeropuerto: yo no lloraba, tenía demasiada rabia adentro, demasiadas frustraciones. Llegué a Los Ángeles para ser recibida por un vacío estructural que hacía resonancia con el propio: mi tía me acogió y me llevaba todos los días al mar para que se me saliera el diablo y la mala influencia. El diablo y la mala influencia no se borran ni con arena ni con sal. No obstante, comencé a respirar más hondo y las lágrimas disminuídas por el oceáno que las superaba en profunidad y color se fueron difuminando, luego coloqué el rosario en la puerta del templo budhista y sentí una gran paz.
Cuando regresé para enfrentarme a mis fantasmas estos habían crecido terriblemente, los veía en la calle y sentía que sería incapaz de salir viva: lo que más me dolía era la confusión y el miedo de mí misma, de la capacidad de lastimar apenas descubierta como accidente, como si de pronto todos culpáramos al colesterol de las muertes cardiacas. No esperen, eso sí lo hacemos.
Pero ... entonces vi un árbol lleno de nísperos y de cierta forma entendí. Estaba en el patio del ex convento de San Francisco (rincón preferido), a la sombra de los ojos que no comprendían. Pero lo que los demás no entienden de ti mismo es porque no te has preocupado en explicártelo. A cada lágrima corresponde una cierta alegría (con suerte dos).
Mi prima, la que siempre fue fuerte, a la que yo hacía llorar se me casa con un tal Elías el 11 de noviembre. Y estaré en Puebla. Y quizás, quizás, quizás...
Primer miércoles en mi vida, que recibo una buena noticia. Quizá se termine de caer el mundo a trozos antes de que nos lo imaginemos.

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