Cuando era muy pequeña tenía un miedo irracional al fin del mundo, la guerra y la muerte. Básicamente mi mente era incapaz de comprender como la vida podía seguir siendo vida sin tus papás y los seres que querías. Y me aterrorizaba pensar en que por algún desastre nuclear jamás volvería a verlos.
De alguna forma, me quedaba muy claro que mi muerte importaba muy poco, porque ... básicamente porque yo no iba a presenciarla. Era la ausencia de los demás la que me ocasionaba un pánico terrible. Y le decía a mi mamá que por favor nunca se muriera y ella me decía que se iba a morir y que yo tenía que seguir viviendo porque la vida sigue. Yo, aún a mis pocos años, pensaba que mi mamá tenía una frialdad inusitada, casi rayana en lo cruel. Y luego yo me volví como ella.
Obviamente no fue de un día para otro. Por mucho tiempo, por ejemplo, me pregunté como era posible que amaneciera si yo había sufrido tal o cual pérdida. Y me enojaba porque el día estaba brillando, mientras yo no podía siquiera realizar el trayecto de mi recámara a la cocina sin sentir que el mundo entero debía haberse destruido. Pero el mundo no se acaba.
No se acaba cuando te rompen el corazón, ni cuando se mueren las personas que quieres o sufren. Ni siquiera se termina cuando las carreteras de tu país han dejado de ser transitables o cuando hay balaceras y ejecutados todos los días. Uno se tiene que levantar e ir a comprar las tortillas, lavar los trastes, hacer ejercicio, cortarse el cabello. La vida sigue su inexlicable curso y te lleva, de un día a otro, a través de las situaciones más absurdas y más dolorosas.
Y de repente te encuentras con que quieres lavarte los dientes, y hacer ejercicio, y no te importa lavar montañas de trastes o planchar la ropa. Y la vida ya no es un trámite entre un momento vacío y otro sino una especie de regalito inesperado. La vida sigue su inexplicable curso y te lleva de un día a otro, a través de los ojos de la persona que amas. Y amar es horrible y devastador y cansado y te vuelve vulnerable y al mismo tiempo eres un poco invencible. Porque en el hospital, cuando querías llorar llegaba el mensaje que te decía "ánimo" y entonces, sigues pensando que la muerte y la guerra y el dolor son cuestiones que te siguen perturbando en las noches, pero que pase lo que pasa uno tiene que seguir viviendo y entiendes a esa mamá que le decía a su hija de cinco años que había que vivir. Sin promesas falsas, sin actos de heroísmo falsificados. Hay que vivir porque la vida sigue su inexplicable curso, ese curso mediante el cual podemos ser muy felices todavía.
Y yo soy delirantemente feliz. Y a pesar de eso, sigo viva.
1 comentario:
qué bien!
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