Tengo meses en que soy incapaz de leer. No puedo pasar de un par de páginas antes de perder el interés en lo que estoy leyendo. He recurrido a todo lo humanamente tolerable: intenté con grandes clásicos, con novelas de vanguardia, con premios nobel, con guiones de películas, con novelas victorianas, con libros ilustrados, con el nuevo título de Milán Kundera, con otra novela de mi estimadísimo Salman Rushdie y en un intento desesperado hasta por el bestseller sobre asesinatos en Suecia. Nada ha funcionado.
Es como si otro yo, que no soy yo, fuese incapaz de concentrarse lo suficiente para interesarse en el drama del Sueño en el Pabellón Rojo, incapaz de resolver los asesinatos de maestros ilustradores turcos, o le importara un bledo el destino del asesino del embajador americano y de su hija.
En cambio me quedo pasmada viendo las noticias. Como si la realidad hubiera rasgado ese fino velo que me permitía resguardarme detrás de un mundo de historias a las que era ajena. Hoy me desperté pensando en mi abuela materna. Y en cómo de cierta forma el 6 de febrero de 1992 marcó el fin de mi infancia. Si en parte fui afortunada por no haber tenido ninguna otra muerte en la familia antes de los 12 años, no resultó menos traumatizante escuchar la noticia por teléfono y tenérsela que dar a mi mamá. ¿Cómo le dices a tu mamá que su mamá se murió? No recuerdo haber sentido tristeza sino impotencia.
Para mí, el final de la infancia vino acompañado de la realización de que no importa quien seas, o que hagas. Hay cosas que genuinamente no están en tus manos. Y desde entonces aborrezco el destino. El sino, lo que ya está escrito. Y el drama de Sísifo adquiere dimensiones caóticas en mi mente: actuar inevitablemente tratando de cambiar lo que no puedes cambiar. ¿Pero qué te queda entonces?
Si todos hemos de morir, si no podemos hacer nada por detener la escalada de violencia en el país, si "la vida no es como quisiéramos". Pienso todo esto y siento genuinas ganas de devolver el estómago. Y no puedo leer: porque en los libros todo está escrito y es tan triste, tan abominablemente estúpido pensar que a pesar de sus motivaciones frívolas o elevadas, todo personaje tiene un final del que no puede escapar. El punto final de esa historia que me provoca horror y náusea.
Yo no quiero un destino escrito, no quiero un país bañado en sangre, no quiero un mundo que no se pueda cambiar. Y mientras tanto, no puedo evitar dejar los libros de lado y ver la televisión en búsqueda de una señal que me indique que toda esta locura va a terminar.
1 comentario:
En mi refrigerador está escrito algo así:
"No author has ever imagined me. I'm a book with no beginning".
Lo leo cada que paso frente a él.
Nunca quiero perder la perspectiva de que soñar -con los ojos abiertos o no- diariamente es mi vocación.
Leer solo la celebra.
Regresa a los libros y ahógate en ellos.
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