Las navidades se prestan mucho a que la gente bonita y buena onda del mundo le restriegue a la parte de la población que consideran ignorante, fea y mala onda que dios no existe, que todo es un mito, que ellos no celebran nada, que el mundo es un lugar horrible para vivir, que el consumismo es malo, que Santa Claus es una invención ridícula y tratar de "pisotear" las creencias de los demás.
Terrible confesión: de haber crecido yo en un hogar común y corriente como el de la mayoría de ustedes (con un papá y mamá católicos) seguramente hubiera sido una religious fan from hell.
Así como hay gente que tiene cierta inclinación natural a gustar de los ritmos musicales, o de aprenderse de memoria los grandes éxitos del "Divo de Juárez", o para el ballet, o para la informática, yo desde muy pequeñita descubrí que tengo una tendencia natural a creer en la deidad de mi preferencia. Lo que motivó elecciones muy peculiares en mi educación.
En primera, mi mamá no quería que me bautizaran, ya saben, la posición moderna de los tiempos demandaba que hiciera declaraciones del tipo "que la niña elija cuando tenga suficiente edad para entender lo que significa aceptar una religión". Lo anterior derivó, obviamente, en que mis abuelos maternos aprovecharan un descuido de su parte y corrieran conmigo en brazos a la iglesia más cercana donde salvaron mi alma poniéndome a resguardo de Satán. Sort of.
Para cuando mi mamá se dio cuenta, ya era demasiado tarde y sólo llegó a la iglesia a tiempo de sacarse la única foto de mi bautizo que hay. Debo decir que yo me veo muy quitada de la pena, pero cuando tienes 6 meses ciertamente no tienes conciencia de que has cruzado el mítico umbral del rebaño católico, apostólico y romano.
La presentación en el templo a los tres años (mi mamá aprendió a ser más cuidadosa), no sucedió, pero hubo de decidirse llevarme a algún jardín de niños para que hiciera el "pre-escolar". Duré un día en la guardería porque me caí en un inodoro, lo que mi madre consideró un hecho sumamente grave que no debería repetirse jamás, así que se encaminó conmigo al colegio de no monjas de moda en aquel entonces: "Colegio Don Bosco". Como mi mamá no es católica versada, no sabía que "Don Bosco" se refería a "San Juan Bosco" y que por lo tanto me iban a dar... chan, chan, chan... clases de "religión".
El fin de mis días en el colegio llegó cuando mi mamá descubrió que la razón por la que me portaba excepcionalmente bien era porque "cada pecado que cometía era una espina que se clavaba en el corazón del niñito Jesús". Y el pecado estaba en todos lados, lo que me llevaba a vivir en una horrorosa desazón. Me llevaron entonces a una escuela pública y asunto arreglado. La religión hubiese sido erradicada eficazmente de no ser porque mi madre encontraba a la oposición directamente en su familia.
Yo tenía una tía monja. Una tía monja, además, que estaba obsesionada con salvar mi alma porque yo era FRUTO DEL PECADO (por favor, léanlo con efecto televisivo de gran consternación). Así que, cada cumpleaños, navidades, día del niño, primero de mayo y catorce de febrero recibía yo un catecismo, un rosario, una biblia infantil, un compendio de la vida de los santos, medallas bendecidas por su santidad el papa, y sermones sobre como el valor de una mujer radicaba en la pureza de su alma, y en como yo ya venía como con manchitas de fábrica que debía trabajar muy duro para compensar. Sic.
Pero lo peor, lo peor es que yo quería llevarme bien con la deidad de mi preferencia. Hablaba con lo que yo imaginaba que era él TODO el tiempo. Día y noche. Si tenía miedo, pensaba que estaba conmigo, si estaba triste, que me consolaría. Era como un padre/bodyguard/bestfriend -24/7. Hice la primera comunión convencida de que ERA LO MEJOR que podía pasarme en la vida y soñaba con estar en una escuela religiosa. Así, terminé haciendo la secundaria en el colegio de monjas que no eran monjas y deleitándome en rezar el rosario a las 7:45 de la mañana, en ir a la iglesia de al lado los viernes primeros, en confesarme, comulgar, hacer retiros espirituales e ir a misa porque los lunes teníamos que llevar la hojita del evangelio. Sí, mientras otros adolescentes sueñan con sexo, drogas y perdición yo soñaba con hostias consagradas e imágenes de santos.
Mi ídola de la adolescencia, por ejemplo, era Teresa de Calcuta.
Sic.
Pero luego me di cuenta de que el best-friend 24-7 no está ahí, como diría mi abuela (materna), para cumplir caprichos o enderezar jorobados. A la deidad de mi preferencia no le importan ustedes, ni si van a misa, ni si creen o no. Me di cuenta también, que la gente decía ser católica y se la pasaba constantemente lastimándose a sí misma y a otras personas. Decidí entonces cambiarme a la religión Bahai (cosa que causó hilaridad en mi madre y la profunda preocupación en mi padre que consideró, no sólo que su izquierdismo ateo intelectual no había tenido efectos en mí) y trabajar por ... la paz mundial.
Ejem.
Al final me da gusto no creer en lo que creen los demás, pero entiendo a la gente que es profundamente religiosa. Les envidio un poco esa fe que les lleva a tener confianza en las situaciones más desesperadas. Me sigue gustando ir a misa, aunque confieso que dejé de ir porque me deprimía ver hombres, demasiado delgados, semidesnudos y torturados, colgados de una cruz. Que sí, que es para que reflexionemos sobre lo mucho que otros sufren, lo entiendo, pero a mí simplemente me pone a llorar y no es jalada. Tengo testigos (desafortunadamente). El punto es que, creo que la religión ha dividido a la humanidad, y quizá me consuela un poco no haber cedido a la naturaleza de fanática religiosa que hay en mí.
Pero en las noches sigo rezando. Y en Navidad, no celebro el cumpleaños número dosmil y fracción de nadie, pero agradezco esa calidez que siento al tener a mi lado a la gente que quiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario