Le pedía encarecidamente a mi mamá que construyera un refugio antibombas con paredes de plomo para evitar la radiación, me obsesionaba haciendo listas de lo inevitable, que podría resultar necesario para sobrevivir, los libros que valdría la pena rescatar y trataba de imaginar lo que sería comer únicamente alimentos enlatados.
Y es que uno puede vivir toda la vida en el terror absoluto. De lo que podría suceder, de las intenciones de los super villanos, del partido comunista, o del fracaso de las negociaciones con el Kremlin. Uno puede vivir aterrorizado por lo que el otro es, por su otredad.
Uno puede pasarse las noches en blanco pensando en la guerra en Ghana.
Y sin embargo: esa inevitabilidad debiera liberarnos. No somos responsables del fin del mundo, no podríamos, además, hacer algo para impedirlo. Por eso, apagamos el televisor, cambiamos la estación del radio, no leemos los periódicos y pagamos puntualmente nuestros impuestos, nos comemos las verduras y frutas que tanto recomiendan las letras chiquitas de los comerciales. En las noches dormimos con la conciencia del burgués que ha hecho la donación de rigor a la ONG de su preferencia.
Sólo podemos hacer lo que podemos hacer. No es pleonasmo: es el límite de nuestra responsabilidad y de nuestra cordura.
La guerra en Ghana, aunque se libre en la cabeza que yace junto a la nuestra, no es nuestro asunto. Nos afectará, sí. Pero no debe impedirnos sonreír por estos días en que aún no se ha desatado.
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