De niña jamás imaginé que las doce princesas en efecto, eran sorprendidas en su huida a bailar cada noche, tampoco me enteré que la golondrina es encontrada en la basura, junto al corazón del Príncipe Feliz, que a la Sirenita el príncipe no logra reconocerla y se convierte en espuma de mar, que la muerte le arrebata al hijo enfermo a la madre luego de que ésta queda ciega, que la Bella se enamora de la Bestia, o que le cortan los pies a la niña de los zapatos rojos.
Todo esto lo averigüe mucho tiempo después. Sin embargo, para entonces, el mal estaba hecho, era una chismosa asidua. Me encantaban las historias por el placer inmenso que me proporcionaba el desarrollo de las mismas. Llegué al absurdo de comprar libros basándome únicamente en su extensión, con tal de que me durasen mucho y fue hasta la universidad que me reencontré con los cuentos.
Y me parecieron disfrutables y maravillosos. Si bien, en la preparatoria había leído a Edgar Allan Poe, en mi ignorancia le despreciaba la cortedad de sus historias. Fue hasta después que comprendí que el cuento, es mágico no porque hable de hadas madrinas y faunos, sino por la capacidad de sintetizar aspectos de la realidad humana en una extensión manejable, y dejarnos abrumados. Lovecraft es de mis cuentistas favoritos hoy en día, porque logra hacerme temblar de terror a base de conjeturas, supersticiones y fantasías de sus protagonistas. Cortázar me resulta altamente disfrutable porque humaniza la locura, haciéndonos reflexionar en cuan razonable es la lógica de nuestra demencia. Horacio de Quiroga me hace temblar de miedo con sus giros inesperados, y el Dinosaurio ocupa sin duda un lugar muy especial en mi mitología personal.
Ahora paseo por las ferias del libro buscando libros de cuentos, antologías, compilatorios, historias que me digo a mi misma antes de dormir, imaginando otros tiempos, otras luces u obscuridades, y sueños que me invaden antes del desenlace.
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