No los juzgo, yo también tengo mis propias patologías. Yo soy una "disappointment delayer", cuando sé que algo me puede decepcionar, que el resultado negativo es una posibilidad real, decido alejarme. Dejo pasar las finales de fútbol y los finales de las telenovelas, las películas sobre el holocausto, conversaciones absurdas, la lucha contra el destino. Esas cosas no son para mí.
Soy una cuidadosa observadora de las estadísticas, como Hegel (favor de notar el nivel de egolatría que les manejamos en este post), pienso que la historia es el mejor pronóstico para el futuro. Quien te ha lastimado una vez, lo volverá a hacer, si la selección pierde los partidos es porque así tiene que ser, si contraté el plan de telcel seguro me llegará mucho más de lo que pensaba pagar en un principio, si compré el melate seguro me cobrarán doble por tarada, y un largo etcétera.
Yo soy la que se sale cuando faltan 15 minutos del segundo tiempo, la que sospechando que la van a mandar a la tiznada, corta al novio antes, la que no cree, la que no tiene esperanzas. ¿Por qué si de todas formas hemos de tomar el trago amargo, hemos de hacerlo? Ya encontraré tiempo de llorar, pensando, que cuando menos, cuando sucedió no estaba ahí. Leo todavía los periódicos porque así, los muertos, la caída de la bolsa, los robos, el triunfo de los políticos en los que no creo, se ven menos irreales. Me ahorro la decepción del momento y la pospongo.
Y no es una vida mejor, como tampoco la es la de los "pleasure delayers", pero es la clase de manías que nos llevan del hoy al mañana, y como tal, habría que respetarlas.
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