24.3.10

¿Qué dijo?

No me cae bien la gente amargada.

En serio. No porque yo sea un amargo limón me caen bien los amargados. ¡Faltaba más!

Es difícil no detestar a la gente amargada, porque es demasiado sencillo odiar a los optimistas y tachar de cándido al que se pone sus lentes color de rosa para ver la vida más bonita. Al borde del colapso global, de la decadencia de las bellas artes, la cosificación de las personas, que alguien llegue y te diga "pero si piensas que las cosas van a ser bonitas, diosito hará aparecer un arcoiris" es como para disfrazarlo de Emo y dejarlo en un concierto de metaleros "bien malotes".

Pero, tampoco queremos a los Emos. Posiblemente, yo haya sido una especie de Emo barata cuando era adolescente, y creía en la miseria de la existencia humana como una forma sublime de alejarme del mundanal ruido (que para mí era básicamente cualquier canción en español y algunas canciones pop en inglés), así que no veo maldad en que los adolescentes se vistan con ropillas raras. Los emos y los hipsters me vienen importando lo mismo: no mucho. Aunque luego, sí.

Me importan en la medida en que abren la boca para quejarse porque... tienen boca. Y los amargados: igual.

Se quejan porque sale el sol, porque hace frío, porque hace calor. La gente conspira en su contra, urden planes para humillarlos y están seguros de que la Tierra gira sobre su eje con el único propósito de joderles el día. Si es lunes, en el twitter ponen "ay, pinche lunes"; si llueve se quejan porque se les hace frizz en el cabello, los martes lloran porque alguien no los invitó al cine, si alguien más toma refresco empiezan a quejarse de que ellos no toman refresco y que es súper mala onda que la gente tome refresco cualquier día de marzo y que así no, que todos cambien, que sean perfectos, que no se metan con ellos, que los dejen en paz. Y sin embargo, resulta imposible porque todos, absolutamente todos, amanecemos con un sólo propósito en la vida: molestarlos.

Y ¿saben qué? Sí es cierto. Cuando uno detecta un amargado en el radar, es imposible no querer hacerle un desaire, dejarle sin agua en su garrafón, ocultarle los conitos de papel, pegarle chicles en el cabello. Es divertido verlos enfurecerse, levantar sus ojos al cielo, jurar por un dios en el que no creen.

Es lo máximo. Claro que eso ellos no le entienden. Pero es que tratarlos diferente es imposible.

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