Cuando tenía 18 años fui a visitar a mi familia en Chicago, como cualquiera del pueblo tengo una cantidad indeterminada de parientes en el Gabacho, o como cariñosamente suelen referirse a él, en Estados Unidos. El día de mi cumpleaños me llevaron a dos lugares que cumplían con todas mis expectativas y sueños: la pizzería donde comía Al Capone y una librería.
Luego de comer cantidades industriales de pan-pizza cuadrada y caminar por el centro tomando las fotos turísticas de rigor, llegamos a un establecimiento que parecía todo, menos una librería. Al menos no como las conocía yo.
La primera librería a la que fui se llamaba "Piedra Angular", si me preguntan, es un gran nombre para una tienda de libros. Ahí, mi mamá le suplicaba al dependiente que le mostrara un libro para niños, pero que fuera grueso. El dueño de la librería se subió a una escalera y extrajo de una pared inmensa cubierta de libros dos ejemplares de Michael Ende: Momo y La Historia Sin Fin. Cada año, mi mamá y yo regresábamos y ella me compraba un libro, le escribía una dedicatoria por mi cumpleaños y yo lo leía con avidez. El local era pequeño y los libros se amontonaban unos sobre otros en un desorden de lomos brillantes y encuadernaciones sin pretensiones. Olía a libro nuevo y un único foco de 100 watts iluminaba el reducido y atiborrado espacio.
Ese cumpleaños, el número 18, llegamos a una librería amplia, con sillones en los que la gente podía sentarse a ¡leer los libros! Una cosquilla de gozo se apoderó de mí. Sentada en la alfombra junto a un librero ordenado que exhibía las portadas y encuadernaciones de pasta dura y hojas cosidas, empecé a hojear algunos libros.
Mi inglés no era muy bueno, pero decidí comprar dos libros: me guíe por los dibujos. Eran autores que jamás había escuchado, un año antes me habían regalado "En El Nombre De La Rosa". Lo había elegido porque era grueso y porque tenía frases en latín. No obstante, mi infinita petulancia no encontraba autores conocidos, claro que ahí estaba "El Amor y Otros Demonios", pero ya lo había leído y no podía evitar pensar que sería una monserga leer a García Márquez en inglés. Mi ignorancia me sobrepasaba, como sigue haciéndolo hasta hoy. Entre autores impronunciables, los libros que seleccioné fueron "The Umbrella Man" y "Habibi". Una novela y un libro de cuentos.
Finalmente tardé mucho tiempo en leerlos. Lo cual puso a mi madre muy contenta porque tenía la regla de no comprarme libros hasta que los terminara. Confieso que la novela la leí con desánimo. Pero los cuentos se volvieron una parte escencial de mi imaginario personal. Me gustaban los giros de las historias, los finales inesperados, la ironía del destino de sus personajes, inclusive el lenguaje en que estaban escritos, me proveía de una atmósfera adecuada para las historias. Son cuentos para niños, pero cualquier adulto, creo que los disfrutaría.
Feliz puente.
3 comentarios:
Yo llevo a mi hijo a la librería, y le digo que escoja un libro cualquiera, el siempre me dice ¨mami un libro de terror¨ igual tiene 5 años, a lo mejor luego comienza a leer clásicos, igual creo que crear una cultura de lectura y de el libro es algo muy importante, que linda tu mamá.
un abrazo
Creo, sinceramente, que los libros le llegan a uno en el momento en que es justo leerlos y que ningún camino es mejor que otro para llegar a la lectura. Me da gusto que lleves a tu hijo a los libros. De verdad. Un abrazo. =)
Por nada. *bows*
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