29.3.10

Confianza

Todos tenemos derecho a la arbitrariedad. A que nos gusten los Pitufos o a ser fanáticos de Lady Gaga. Cada quien puede hacer de su vida un papalote si así lo desea. Y hacer sólo lo que quiere hacer. Sobre todo si vives en una montaña.

El problema viene porque Adán estaba sólo en el Paraíso (de acuerdo a la tradición judeo-cristiana que es preferida por el 46% de las personalidades aledañas que escribimos este blog) y se aburría y entonces vino Eva y los hijos y las aldeas y todo lo demás. Tan feliz que era, haciendo lo que le daba la gana, sin pelearse por el control remoto, por qué cenar o porque el otro tenía una opinión política diferente. Pero tenía que ser hombre.

Bueno no, no odiamos a los hombres en este blog. De hecho nos consideramos un blog amigable con nuestros amigos varones: les admiramos, respetamos y confiamos en ellos. O no.

El problema con la confianza es que, sus abuelas tenían razón. La confianza no significa fidelidad, no significa que la otra persona nunca te va a decir mentiras, o que salvará el mundo, o que te regalará un anillo de diamantes. Confiar en otra persona implica un lazo delicado basado en que cuando exista un acuerdo, se hará lo humanamente posible por cumplirlo. Después de todo nadie está obligado a lo imposible.

Yo confío en mi mamá porque sé que si me dice un día "voy a hacer de comer albohóndigas" en la semana, voy a comer albohóndigas. Porque le puedo decir cosas terribles que jamás le confesaría a nadie más, porque el acuerdo entre nosotras es no juzgarnos, sino escuchar.

Cuando no puedes confiar en la otra persona (tu jefe, un amigo, un subordinado) vives siempre con la incertidumbre de los planes definidos; en la encrucijada de respetar acuerdos que de antemano sabes violados o que quizá no. Esforzándote por cumplir para nada. Lanzando todo tu autorespeto por la borda, porque eventualmente sabes que vas a terminar creyendo OTRA vez y empiezas a sentirte cada vez más estúpido y más devaluado.

Y eso es todo. Si no hay confianza, no hay nada. Aplíquenlo a la situación que quieran: a las relaciones sentimentales, de jerarquía laboral, políticas. En un mundo de traiciones no hay marcha atrás.

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