Asumo que para nadie es un misterio que nos gusta ver reflejados nuestros defectos en la televisión. Así como en los noventa la generación equis encontró alivio en los relatos insulsos de la vida de seis amigos que francamente eran un ato de perdedores, nosotros lo encontramos en la incapacidad de adaptación social de cuatro hiperinformados geeks que nos hacen reír porque decimos "sí, yo también quiero una Linterna Verde edición especial de Linterna Verde". Y perpetuamos el mito de que quienes no están especializados, son personajes sobre cuya ignorancia podemos construir nuestros gags internos.
No trato de hacer un juicio moral sobre la pertinencia de las series gringas o su papel como educadores de la sociedad. Al caso la labor de Televisa es mucho más exhaustiva en materia de tratar de vendernos una idea: los malos son teatralmente malos y los buenos son además de prácticamente idiotas, sujetos de las reflexiones más simplistas en aras de los valores que nos tratan de inclulcar - ¡uy! - las corporaciones. La televisión es televisión. Se llame Discovery Channel, Sony o Canal del Congreso; sus contenidos obedecen a los intereses del dueño del canal y quien busque fundar ahí los elementos de su moral está buscando en el lugar menos adecuado. Algún día explicaré en donde se debería fundamentar la moral humana, pero no es tema ni del blog.
Me gusta TBBT porque no hay malos. No existe esa división teatral entre el bien y el mal. Como en Friends, es una serie meramente anecdótica: "érase una vez unos amigos nerds que convivían con una rubita" en términos de "érase una vez unos amigos que se reunían en un café". La vida real suele transcurrir así. Entre términos reales de seres que conviven los unos con los otros.
Que yo quisiera que hubiera muchos más Sheldon Cooper en la vida real, aunque me resultaran insoportables, es sólo la parte de mí que fantasea con un país donde la gente haga menos fiestas patronales y estudie más ciencia. Porque la idiosincrasia del mexicano me resulta muchas veces insoportable. Esa perpetua justificación de nuestros propios defectos en las acciones de lo que hace el de al lado me parece incomprensible. Lo mismo va por los logros de otros (llámese equipo de fútbol o partido político) tomados como propios o por las reacciones infantiles de quienes permanecen impasibles ante la miseria que los rodea pero le avientan jitomates a la actriz que interpreta a la villana de ocasión en la telenovela del horario estelar.
Esa sobreexposición de sentimientos histéricos y descontrolados por parte de las masas, nos está llevando a un estado de polarización que no nos lleva a ningún lado. Lo peor es que claramente imagino a Juaristas y Conservadores odiándose sin razones lógicas hace 150 años, tal sólo porque el régimen que propone el otro es contrario al mío. Lanzándonos a unos contra otros en una inestabilidad que ni siquiera es realmente revolucionaria o creadora, levantando ídolos de caudillos enfermos de poder que se convirtieron luego en auténticos caciques. En México todos somos súper villanos: con los mismos vicios, defectos y virtudes que nos ha inculcado la televisión. Seguimos creyendo en la supremacía de la raza blanca, somos suceptibles de fanatizarnos con la virgen y también con el fútbol porque vivimos divididos entre buenos y malos, príistas y panistas (o perredistas), entre maestros normalistas contra conductores frustrados. Y nos encanta perpetuar esa mitología en la que nosotros somos los buenos, como todos los súper villanos.
Y como todos los súper villanos: damos pena ajena.
3 comentarios:
Amén!
Sobre mi visión de la mexicanidad y su pendulancia (aquí)
A mi también me hubiese gustado que existieran muchos más Sheldon Cooper en la vida real, a la final por lo menos es bien autentico.
un saludo
Rodión y Campanula:
Muchas gracias por los comentarios. Y sí, una vida con Sheldon Coopers sería muy ordenada. Y nos haría reír bastante.
Saludos y gracias por leer. :)
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