Llegué temprano a la sucursal, como de costumbre el gerente y los ejecutivos pretendieron estar atendiendo importantísimas llamadas y ni siquiera levantaron la vista para verme. Vino a mi encuentro el empleado que tenía más papeles en su escritorio, dejó su silla y caminó hasta donde yo estaba parada para preguntarme que necesitaba. Me sentí un poco culpable cuando le dije a lo que iba. Me sentí como cuando le dices al bato "tenemos que hablar" y llega con su mejor aspecto, sin saber que tú ya llegaste al límite, que tu intención es simplemente organizar el reparto de cosas (si lo hay) y sacarlo de tu vida.
Noté la decepción en su cara, en un trabajo donde te exigen captar cuentas, cancelarlas no debe ser fácil. Me dio el vale para retirar los treinta pesos que tenía en la cuenta y me fui a las cajas. La cajera, como la mayoría de las cajeras de Bancomer, me puso cara de "me das infinita flojera" y me explicó que si quería retirar menos de cinco mil pesos tenía que utilizar el cajero automático, luego volvió a la llamada personal de la que le había interrumpido tan osadamente.
Ni siquiera me tomé la molestia de explicarle que iba a cancelar la cuenta y que no podía sacar treinta y cinco pesos con sesenta y cuatro centavos. Sólo me quedé parada frente a ella, esperando que leyera bien el pase de caja. Cuando colgó y me vio parada ahí todavía volvió a ver el vale. Me dio mi dinero y 6 centavos de más. Pensé que seis centavos por todas las comisiones de 10 años no eran nada y volví con el ejecutivo de cuenta.
Firmé el documento de terminación y como en toda despedida surgió el momento melodramático. Me preguntó el "porqué". Le expliqué lo mejor que pude, sin tratar de lanzar acusaciones fuera de tiempo que estaba cansada, exhausta del mal servicio, de las comisiones, de los cargos fantasmas. Me dijo que debí hablar en su momento, que en realidad el banco nunca quiso quedarse con mi dinero, que era cuestión de hacer una simple llamada. Le expliqué que poco a poco se había perdido la confianza: horas enteras perdidas junto al teléfono esperando que alguien de servicio a clientes tomara mi llamada, reclamos sin responder. Y me sentía peor, porque no era culpa de ese empleado en particular. No era ese "día" el que las cosas estaban mal, sino todos los demás. Al final le dije que era el único empleado amable que me había tocado en 11 años trabajando con su banco. No metí, pero tampoco solucionaba nada.
Como si al terminar con tu novio le dijeras: "ey, esa camisa se te ve bien". Un último cumplido lastimero. Una forma inútil de decir "es en serio, ya no te quiero aquí, es demasiado tarde".
Y me acordé, por supuesto... de esta escena de Closer.
La canción de "Hu Hu Hu" de Natalia LaFourcade me recuerda mucho a "Wood" de Second Person.
No hay comentarios:
Publicar un comentario