23.11.09

De la inhabilidad matemática para ser feliz

Lo mejor que me ha pasado últimamente ha sido comprar una chamarra de polietileno verde. Polietileno que asemeja cuero, para mayores referencias.

Los padres deberían tener más cuidado con los libros que les dejan a sus hijos leer. Siempre he pensado, por ejemplo, que los niños que leyeron a Julio Verne crecieron mucho más felices que los que leímos a... Herman Hesse, a Umberto Eco o a Milan Kundera. Mientras ellos soñaban con aventuras pletóricas de peligros y el cruce de "últimas fronteras", nosotros nos íbamos volviendo cínicos, amargados y buscábamos elaborar el compendio de las frases matonas para justificar la infelicidad. Cuando menos, puedo hablar por mí misma. Obviamente para cuando leí "Mujercitas" me pareció una fruslería brutal, y las aventuras de un chico huérfano que sale adelante gracias a su inteligencia y buen ánimo (te estoy viendo Twain), me parecían meras anécdotas. Así que me pasé por el arco del triunfo a una gran parte de la literatura clásica.

Inclusive los hay, porque de que los hay, los hay, que me dicen que no puedo decir "esta boca es mía" porque en lugar de leer "Los Miserables", leí a "Los Hermanos Karamazov". En mi defensa he argumentado que los hermanos tampoco eran los más felices del mundo, pero vayan ustedes a saber que pretensiones estilísticas ataco cuando afirmo que me encantaría un día leer a Borges, luego de terminar la serie de "El Color de la Magia".

Pero vuelvo al punto de los libros que te quitan las ganas de andar por ahí, emprendiendo nuevas aventuras y luchando por la justicia y el amor. No es que los cínicos no seamos capaces de reírnos, es justo lo contrario. Nos reímos de todo, inclusive de nosotros mismos y nuestras caras de intelectuales venidos a menos, mientras sostenemos una taza de café orgánico o gourmet (dependiendo de si estudiamos en universidades públicas o privadas), un cigarrillo (a menos que ya lo hayamos dejado) y nos aventuremos a decir alguna barrabasada como "realmente resulta iluminadora la definición que da Proust a las rosquillas" y procedemos a poner cara de tedio insufrible.

Porque los cínicos, nos reímos poniendo cara de tedio insufrible.

Hemos olvidado simple y sencillamente como mirar hacia afuera. La frustración, la infelicidad, la miseria humana, nos parecen tan asombrosas que son lo único que nos hace sonreír un poco. Por eso, nuestras series favoritas de televisión son las que retratan a desadaptados sociales, son nuestros héroes, porque sabemos que como ellos somos incapaces de detectar el sarcasmo o de callarnos la boca cuando las situaciones nos favorecen. Estamos matemáticamente inadaptados para ser felices. Sabemos que las situaciones tristes rebasan a las alegres y como son las únicas que nos hacen sonreír mínimamente, las buscamos, alejándonos cada vez más de ese mítico "camino amarillo" que los otros recorren para volver a "casa".

Nosotros nos sentamos en la orilla del camino, lo vemos, sabemos a donde va, pero ¿para qué recorrerlo? Luego seríamos felices, ¿y entonces qué?

2 comentarios:

Unknown dijo...

Jijiji, no, realmente la trapaeada es para Borges, o para Hesse. O para mí. Saludos. =)

Unknown dijo...

Ceci: es una señal de que debes seguir visitando. Jojo.

Cineto: yo sé que no puedo dar vueltas de campana. No es necesario restregármelo en la cara. Sniff.