2.9.09

2 de septiembre

Me gusta que llueva en septiembre. El día que cumplí siete años mi tío T me regaló un libro que se llamaba "Un Año En La Granja", la premisa era sencilla: ilustraciones sobre el cambio de las estaciones, acompañadas de rimas simples, que describían que en una granja hace calor en verano, se siembra en primavera y se cosecha en otoño.

La ilustración de septiembre mostraba una realidad con la que yo estaba demasiado familiarizada: un niño, vestido de azul, con paraguas en mano se dirigía a la escuela.

Para mí, septiembre no significaba fiestas patrias, informes presidenciales o el inicio de otra estación: para mí septiembre era el regreso a clases, que ocurrió durante los seis años que estuve en la primaria el dos de septiembre.

Agosto era un mes soleado y sin encantos particulares: las tardes se hacían largas y al mismo tiempo el paso de los días nos avisaba de un cambio, ya no te levantarías tarde para jugar, sino temprano para "aprender". La última semana de agosto comenzaban las visitas rituales a las tiendas de uniformes escolares, donde comprábamos la falda tableada, la blusa blanca de manga corta y luego a la escuela para recoger las partes del uniforme que se vendían exclusivamente ahí: el corbatín, el chaleco rojo y el uniforme deportivo, que por lo demás consistía en un pantalón de punto color rojo que se utilizaba con la blusa blanca de manga corta y el chaleco rojo.

La noche que antecedía al primer día de clases no lograba conciliar el sueño: ¿con quién me iba a juntar en el recreo? ¿cómo sería mi maestra? ¿qué libros iba a leer? (porque desde niña era ñoña sin remedio y sí, me emocionaban los libros) ¿en qué salón me tocaría tomar clase?

En primero y segundo, en la clase estuve con uno de mis primos más queridos, eso me infudía cierto valor, una suerte de seguridad porque no estaba sola, los dos años me llevé una ingrata sorpresa: mientras que los fines de semana mi primo y yo podíamos ser inseparables y jugar prácticamente a todo (desde carritos, hasta a ser cantantes de rock), en cuanto cruzábamos la puerta yo me convertía en una especie de peste que él trataba de evitar a toda costa. Se juntaba con puros niños, que por lo demás me parecían a la mar de odiosos, y se rehúsaba a sentarse a tomar el lonche conmigo.

Me gustaba el olor a basura de lápiz de las primarias. Me gustaban los charcos de lluvia, el patio mojado, las gotas de agua que caían de los árboles cuando alguien los sacudía, y la magia de ver derramarse un refresco cuando le pegabas repetidamente en la base con una moneda de 100 pesos.

Hay cosas que si no las aprendes en la primaria, no las aprenderás nunca: como a ponerte una capa de pegamento blanco en la palma de las manos para luego quitártela y decirle a algún incauto que se está cayendo la piel, a que debes llevar un short debajo de la falda porque a los niños por alguna razón desconocida les encanta levantártela para que todos te vean los calzones, que si frotas el dedo contra la banca rápida y repetidamente se calienta como si te estuvieras quemando; aprendí también que finalmente has encontrado a una amiga cuando alguien comparte tus excentricidades, que no nací para tejer, coser y bordar, pero que si me empeño lo suficiente y lloro cada noche, soy capaz de terminar una bufanda en un ciclo escolar. Aprendí que no importa ser la más lista, sino la más bonita del salón, pero que a la larga ni ser la más lista, ni la más bonita te brinda alguna garantía. Aprendí que hay que "limpiar" la goma antes de borrar con ella, para evitar tener un manchón en el cuaderno y que las faltas de ortografía son una de las peores aberraciones que pueden existir sobre la tierra.

Septiembre huele a basura de lápiz, plástico para forrar cuadernos y diccionarios nuevos.

Lo que nunca entendí, porque no conocí otros niños que hicieran lo mismo, es ¿qué clase de mente perversa habitaba en mí que me gustaba recortar palabras de los diccionarios y guardarlas en cajitas? ¿Alguien más hizo eso?

Afuera es septiembre y llueve. Es dos de septiembre y hay un presidente rindiendo su informe, actividad que a mi me remite a Miguel De La Madrid Hurtado en todos los canales de mi televisión, evitándome tener un momento de solaz antes de tener que enfrentarme a la realidad de mi primer año escolar.

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