Mientras la inmensa mayoría de la gente normal dedica sus cavilaciones matutinas a leer "La Jornada" o los dislates de Guadalupe Loaeza en "Reforma", seguir con ansia loca las actualizaciones constantes de Perez Hilton o tejer bufandas de "frivolité", yo voy escombrando los mails viejos de mi jefe. A saber, tengo 3075 correos en el buzón de entrada (todos leídos) y como no hay un respaldo físico de su cuenta de correo, debo escombrar cada día entre correos del 2007 cuáles han llegado a ser prescindibles y borrarlos.
El problema es que todos sabemos que en cuanto borremos un correo alguien va a decir: "oye, ese correo del 10 de octubre de 2007 en el que venía un oficio firmado por sabediosquien, necesito que lo reenvíes de urgencia a sutanito@pipiriflautico.net".
Mientras yo hago eso, me pongo a pensar en las ofertas de la televisión, en el café de la mañana, en mi dolor de estómago por la gastritis, en el estrés y en el gordito favorito de todos diciendo que ahora sí, parece que sí, pues sí siempre sí, hay crisis.
Yo no sé ustedes, porque vivo un poco despegada del universo, pero sentí como si alguien de pronto hubiera tomado un tomate, lo sostuviera en lo alto y dijera categóricamente: "esto es un tomate", hiciera pronunciamientos solemnes como si todos no supiéramos que era un tomate y tratara de convencernos de sus propiedades nutricionales. Un tomate, o el cielo, o una crisis económica inminente, your choice of words. Al menos yo, ya lo sabía, y eso que no tengo doctorados muy acá.
Lo que me recuerda obviamente a mi madre y sus pronunciamientos solemnes sobre el poder de la mente y la neurolingüística: "como tú lo piensas así es". Es decir, Cárstens hasta ayer pensó que sí estamos en crisis, mientras que 102,999,999 mexicanos ya lo habíamos pensado antes. ¿Qué con esa capacidad de evadirnos de una realidad que nos es escupida en el rostro continuamente?
Pero así somos con todo: con la crisis, con la relación, con el dejar de fumar. No queremos verlo hasta que es inminente. ¿No?
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