Cuando uno era niña (este es un post cuyas consecuencias, anécdotas y situaciones sólo he podido experimentar desde el lado femenino del mundo, porque ya saben, soy mujer y tal y tal), uno sabía que a los 16 años, descubriría que era una princesa, un guapo y no muy inteligente, pero sumamente arrojado y rico príncipe vendría en la propia búsqueda, librándonos no sólo de la terrible maestra gorda y amargada que nos hacía la vida cuadritos, sino que además, por fin tendríamos la oportunidad de cumplir nuestras más aciagas fantasías (la mía era, lo confieso, tener 6 hijos y 6 hijas), viviríamos en un castillo (de preferencia de dulce) y no tendríamos jamás que preocuparnos por comer espinacas o atún.
Pero no. Uno cumplió los 16 años y no vino nadie. Y el mequetrefe que en lugar del príncipe azul ocupó nuestro corazón (oh, que cursi) en lugar de darnos un beso de amor, nos aventaba papelitos, nos jalaba el cabello o nos escondía la mochila.
La vida, apenas nos mostraba la diversidad de tonos grises con que se teñiría: uno no era una princesita de cuento que viviría un happily ever after, ningún príncipe tocaría a nuestra puerta para pedirnos que nos midiésemos esa mítica zapatilla de cristal donde la perfección de nuestro pie nos separaría de los simples mortales. No, las simples mortales éramos nosotras.
¿Y nuestros planes de vida? Ahora había que seleccionar una carrera, algo que nos diera de tragar en el eventual funesto futuro que habría que enfrentar. Ni modo.
Todo eso está muy bien, los adultos a nuestro alrededor procedieron a encogerse de hombros y decir "así es la vida", luego nos sugirieron las que a su juicio podían ser las mejores ocupaciones viables para la raza "sorianera": teníamos todo un cúmulo de opciones profesionales que iban desde enfermera hasta abogada, pasando por una larga lista de potenciales títulos para desempleados. El problema es que su asesoría vital hasta ahí llegó.
Nadie nos avisó por ejemplo, que en vez de princesitas, íbamos a ser simples empleadas de cuarto nivel destinadas a preparar café, hacer reportes, salir hasta las 10 de la noche, escuchar quejas interminables de mujeres que más adelantadas en el camino nos avisaban que el príncipe azul no sólo no existe, sino que es una suerte de perejiliento que en cuanto dice "sí acepto" se transforma en un patán de quinta. El futuro se torna gris, y no obstante...
No tienes que ser "linda" al respecto. No tienes que fingir que todo está bien, puedes tener dolor de cabeza, puedes decirle "mamón" a la persona que te contesta de forma altanera, no tienes porque soportar a los prepotentes. Y no tienes porque escribir o leer posts que parezcan basura de superación personal. Es más: vete ya y patea traseros. Las princesas, no sirven para la vida real.
1 comentario:
Por eso tengo corona propia... no esperé que nadie me diera una y menos que la reforzara dándome un reino o algunos lacayos.
Nada, de eso nada, las mejores princesas son las autosuficientes.
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