2.5.07

Las cosas que no haces

Hay cosas que uno no hace y no habla de ello. Cuidado cuando alguien especifica abiertamente que no come alimentos enlatados o que consume únicamente atún fresco, seguramente le entra con singular alegría a las garnachas de la esquina y es un furtivo adorador de los hot-dogs post antro.
Cuando uno no hace algo, no se lo cuestiona, elimina del universo propio la actividad no deseada y planea el atisbo de vida propia al que tiene alcance en consecuencia. Ejemplo 1: no voy a misa los domingos. No me levanto cada domingo y me pongo a gritarle a la gente que vive en mi casa que no pienso ir a templo (ellos tampoco van), ni me cuestiono si estaré o no haciendo mal al n o ir, ni siquiera me siento mejor persona cuando paso enfrente de catedral y veo a todos salir muy perfumados de incienso y pedos de elote a los asistentes a la sagrada ceremonia de media tarde.
Ejemplo 2: Mi madre no ve los canales de deportes. No sabe que existen, no podría decirles el número en el que están, ni sus nombres. Los ignora y vive una vida buena y agradable. Es feliz a su manera y los comentaristas deportivos son felices porque hay una persona menos que los podría odiar ciegamente.

El punto es, cualquier persona en cierto punto de su vida decide darle la espalda a cierta parte de la realidad, y lo hace. Y no se lo cuestiona, ni lo divulga, sabe que su vida es mejor así y asume las benéficas consecuencias de su decisión teniendo una vida mejor. Yo no viajaba de noche en autobús.

Hasta ayer. Primero, llegué a la central a las 11:50 ya que el boleto decía “estar 15 minutos antes, salida 12:01”, tal vez yo hice mal, estuve sólo 12 minutos antes en lugar de los que se especificaban… corrí al anden y lo encontré desierto. De modo que muy preocupada me dirigí al mostrador donde una simpática pero altamente ineficiente señorita me informó que el camión venía de Aguascalientes y venía retrasado, pero que ella avisaría cuando llegara. Tomé asiendo ENFRENTE de ella y en un ángulo prudente que me permitiera ver la puerta. A las 12:08 vi pasar mi camión en friega suprema hacia la salida. Ahora sí con auténtica cara de espanto y frustración (y desvelo, y hambre, o sea en uno de mis peores looks) me dirigí a la interfecta y le cuestioné sobre el autobús que partía en ese momento para recibir un escueto “es el autobús de las 12:01” ante mi reclamo de porque no avisó me espetó que lo había anunciado a las 11:45. De alguna forma entre mi furia saqué la calma para explicarle que eso era imposible porque yo había llegado 5 minutos después y el ya tan llevado y traído autobús no había llegado, a lo que me dio el maravilloso consuelo de que también otros tres pasajeros se habían quedado, pero que no nos quedaba más que comprar boletos para la siguiente corrida con un 50% de descuento (ohhhh, afortunada que soy).
Después de adquirir mi sobrevaluado boleto (costo total: 195 + 390 = 585 y añado que sólo me dieron un sándwich y un refresco aunque traté de convencer a la señorita de que me diera dos botellas de agua por el sobreprecio) tomé mi asiento, sólo para comprobar que el infeliz que debía ocupar el asiento adyacente al mío tampoco fue avisado de la partida del bus (así que bueno… al menos tendría suficiente espacio para dormir a gusto). Con otros cuatro pasajeros de menos emprendimos el viaje, coloqué mi asiento en posición extraña (nunca logro bajarlos lo suficiente para que sean cómodos y quedo en un ángulo medio xodido), audífonos en las orejuelas y a dormir.
O eso creía. El aire estaba muy frío a pesar de que traía suéter, la tecnología ha dejado atrás la oscuridad anónima que brindaban los viejos autobuses polleros y ahora una omnipresente luz verde agua te va espantando cualquier somnolencia, encima de todo unos focos azules a la altura de tu cabeza (la cual para estas alturas ya sufre de tortícolis) te impiden abrir los ojos sin sufrir una especie de encandilamiento semejante al que (me imagino) tienen las ratas de laboratorio… más la orquesta de ronquidos, más el olor a pies del de más allá que se quitó los zapatos, más el olor del baño. Y uno, con el ojo pelón, cual lechuza vigilándole el sueño al proletariado. Y entonces lo recuerdas, y sabes, que no viajas de noche en bus. Y que en el futuro, no importa que, debes evitarlo.

1 comentario:

Ricardo Mata dijo...

Ayer coincidi contigo en MSN... estoy poniendome al tanto en tu blog... lo unico que puedo decir de tu post es que de por sí la realidad es evasiva... no hay mucho esfuerzo en ello... creo yo, saludos!