Además de la indefensión, del final, de la huída última e inalcanzable, he sentido que la muerte es definitiva. No hay vuelta atrás. Y cada día, cada hora, cada minuto que se escapa va matando las posibilidades, los sueños. A veces sueño que morimos y desde niña pensé que moríamos a este mundo mientras soñábamos. Me parece que deberían exorcisarnos los sueños. ¿Qué pasa cuando cierras los ojos? Kundera retrató en la Identidad, mediante uno de sus personajes el temor de que al abrir los ojos nuevamente seamos incapaces de encontrar lo que era. Lo que fuimos.
Con la muerte no pasa así. Sabemos que con los ojos cerrados o abiertos, hemos perdido algo. Nos anuncia el fin, nuestro fin y nos deja huérfanos de hermanos, amigos, padres, madres. Me pregunté que pasará el día que mi padre deje este mundo. La imposibilidad de asistir a su entierro, la periferia en que he vivido respecto a su vida se tornó traslúcida y pude sentir un sabor metálico de ausencia presentida. No me gusta ser hija única. El día que mi madre finalmente se canse (porque la muerte es cansancio, es hartazgo, es paz) y no haya a su lado hijos. Sólo una. Para atender a toda la gente que va a los velorios, para relatar una y otra vez lo sucedido, alimentando las mentes obscenas de los otros, de los que platican, de los que ríen por lo bajo y tienen que ocultar sus sonrisas socarronas. Para escuchar la vida transcurrir sin ella, y quedarme pasmada, plantada en la tierra a la que me arrojaron entre vísceras y luces brillantes. Debe ser más terrible nacer que morir. Al menos, la muerte, la presupones.
La muerte sabe a tierra húmeda, a calor de medio día, duele en las plantas de los pies, bajo las uñas amoratadas de las que brotarán lágrimas, que iremos colocando en nuestros ojos, para dejarlas caer sobre la desesperanza... sobre el abandono sometido. La muerte es la venganza de nuestros padres, cobrándose la orfandad perpetuada del ciclo vital.
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