Dicen que nada es más fácil que censurar a los muertos, a los que ya no pueden defenderse. La muerte no me parece terrible, en todo caso tendrían que parecerme horroríficos los puntos, los finales de caminos y los destinos inevitables.
Lo abominable de la muerte es la indefensión. Lo que no se puede controlar desde el más allá. En La Inmortalidad, Milan Kundera hace conversar a Goethe y a Hemingway sobre su imposibilidad de modificar la imagen que han dejado tras de sí, y contrasta sus posiciones: mientras que el primero fue cauteloso de su entrada en la Inmortalidad, el segundo sólo "escribió libros" dejando tras de sí un mundo de caóticos escritos, declaraciones y ex esposas dispuestas a costruir su imagen una vez que partió y que no pudo defenderse.
La muerte para mí es la indefensión. La vulnerabilidad inevitable que nos impide volver del más allá a gritarle al mundo "yo no fui la isla que tu fantasía quiso imaginar" (Miguel Bosé ha dixit). En ese sentido vamos sufriendo pequeñas y peculiares muertes a cada momente, en cada instante, por cada vez que nuestro recuerdo se graba imperfecto en el reflejo de un espejo que nos ve con ojos antagónicos o peor: de amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario