Los viernes por la mañana tienen un sabor de disgusto: como de lo que pudo ser, pero no es. En efecto, los viernes por la mañana son generalmente los días en que me siento más al borde del abismo y de la insensatez que de costumbre y no me queda más remedio que esperar a que el día evolucione. Si a eso le añades el efecto resaca, generalmente es bastante desagradable hablar conmigo o al menos yo evitaría dirigirme la palabra.
Los viernes hay tacos en la oficina, claro que es un cierto aliviane porque sabes que no importa que tan cruel haya estado la pisteada del día anterior, una coca cola light bien helada y unos tacos suculentos te estarán esperando para hacerte el paro y además, eso significa que tienes un pretexto plausible para no trabajar. Mientras el resto se dedica a demostrar su conocimiento profundo de los capítulos de “Los Simpson”, tu los ves hacerse diminutos y comienzas a abstraerles el contenido a sus charlas. Cuando tienes experiencia en el hecho, logras realmente no entender una palabra de lo que dicen y limitarte a sonreír mirando el infinito mientras asientes con cara de “sí, tú eres el dios de la televisión abierta, dime más”.
Así se va pasando el tiempo y dan las 10 de la mañana. La maniobra ahí es más delicada, delicada en el sentido de la necesidad que tendrás de aparentar que eres altamente eficiente y que absolutamente todo está bajo control. Es hora de tu junta semanal con tu superior inmediato. Intercambiarás dos o tres frases como “en efecto, los pronósticos para enero – mayo son buenos, no obstante creo que no debemos planear en cuanto a ellos porque falta considerar Ciudad de México, Sonora, Sinaloa, Irapuato y Zacatecas, ya que será semestre impar”. ¿Se fijan? Dije dos tonterías y nadie se dio cuenta. Al contrario, recibí un “tienes mucha razón” y mi correspondiente sonrisita significativa. Recibir la sonrisita significativa equivale a la estrellita del jardín de niños.
Con eso ya son las 11 y entonces te puedes dedicar a la parte de la mañana llamada de “razonamientos profundos”. Es en esta hora de la mañana donde los revolucionarios pensamientos que han cambiado la historia de la humanidad han tenido lugar. Estoy segura de que Albert Einstein tuvo la idea de que la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado (creo, y si me equivoco, pues se aguantan porque no pienso buscarlo) a las 11 de la mañana de un viernes. Y es que esa mezcla de “tengo demasiado trabajo pendiente pero mi fastidio es mejor” tiene como efecto secundario ponerte a sacar conclusiones lógicas. La de este día fue “si me duele la cabeza ahorita, en la tarde estaré bien y podré ir al cine”. Queremos ver Babel.
El pensamiento de no tener un dolor en el futuro me dio cierta alegría. Luego me di cuenta que las conclusiones lógicas no siempre son las más brillantes, pero supongo que hay que tomar las cosas de quien vienen. Después de todo yo no soy Einstein ni la salvadora de la humanidad. Yo sólo espero a que el verdadero viernes comience.
Los viernes hay tacos en la oficina, claro que es un cierto aliviane porque sabes que no importa que tan cruel haya estado la pisteada del día anterior, una coca cola light bien helada y unos tacos suculentos te estarán esperando para hacerte el paro y además, eso significa que tienes un pretexto plausible para no trabajar. Mientras el resto se dedica a demostrar su conocimiento profundo de los capítulos de “Los Simpson”, tu los ves hacerse diminutos y comienzas a abstraerles el contenido a sus charlas. Cuando tienes experiencia en el hecho, logras realmente no entender una palabra de lo que dicen y limitarte a sonreír mirando el infinito mientras asientes con cara de “sí, tú eres el dios de la televisión abierta, dime más”.
Así se va pasando el tiempo y dan las 10 de la mañana. La maniobra ahí es más delicada, delicada en el sentido de la necesidad que tendrás de aparentar que eres altamente eficiente y que absolutamente todo está bajo control. Es hora de tu junta semanal con tu superior inmediato. Intercambiarás dos o tres frases como “en efecto, los pronósticos para enero – mayo son buenos, no obstante creo que no debemos planear en cuanto a ellos porque falta considerar Ciudad de México, Sonora, Sinaloa, Irapuato y Zacatecas, ya que será semestre impar”. ¿Se fijan? Dije dos tonterías y nadie se dio cuenta. Al contrario, recibí un “tienes mucha razón” y mi correspondiente sonrisita significativa. Recibir la sonrisita significativa equivale a la estrellita del jardín de niños.
Con eso ya son las 11 y entonces te puedes dedicar a la parte de la mañana llamada de “razonamientos profundos”. Es en esta hora de la mañana donde los revolucionarios pensamientos que han cambiado la historia de la humanidad han tenido lugar. Estoy segura de que Albert Einstein tuvo la idea de que la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado (creo, y si me equivoco, pues se aguantan porque no pienso buscarlo) a las 11 de la mañana de un viernes. Y es que esa mezcla de “tengo demasiado trabajo pendiente pero mi fastidio es mejor” tiene como efecto secundario ponerte a sacar conclusiones lógicas. La de este día fue “si me duele la cabeza ahorita, en la tarde estaré bien y podré ir al cine”. Queremos ver Babel.
El pensamiento de no tener un dolor en el futuro me dio cierta alegría. Luego me di cuenta que las conclusiones lógicas no siempre son las más brillantes, pero supongo que hay que tomar las cosas de quien vienen. Después de todo yo no soy Einstein ni la salvadora de la humanidad. Yo sólo espero a que el verdadero viernes comience.
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