Mientras mi amigo M anda de visita por Colombia y Chico de Moroleón finalmente se dignó a regresar a tierras mexicanas, después de su gira turístico-pajuelosa por Israel, Turquía, Egipto, Líbano y Holanda (donde me complace informar que no visitó ningún museo) Carmen ha decidido incluirnos a los dos en su fundación para escritores despechados. No nos cabe la menor duda de que nuestro abrazo a las letras tiene tintes aguardientosos y se disfruta más acompañada de cebada y de música decadente. La decadencia siempre ofrece puertas nuevas aunque a la manera del palacio de las mil puertas en La Historia Interminable es imposible regresar por una misma puerta una vez que esta se ha cruzado.
Junto con i, estamos haciendo colecta para sacar a los escritores de las minas, al parecer han encontrado refugio en las entrañas de la tierra, mujer al fin, como buenos poetas. Ignoramos que podría hacer volver al señor de su viaje místico y económico pero quizá sea esa falta de contante lo que nos obliga a todos a elegir estos disfraces que cuidamos muy bien de mantener lustrosos para mezclarnos con el resto de la gente y pretender que formamos parte de la siempre bien ponderada y socialmetne correcta población económicamente activa. El estudio de las finanzas me dejó perpleja mientras me daba cuenta que las reglas del mercado no son distintas que las que rigen el deseo humano, la lujuria y el amor: queremos lo que no podemos tener, entre mayor rendimiento mayor riesgo y si un activo no tiene bursatilidad, aunque sea muy bueno será poco deseado en el mercado. Por eso me confié a las letras, porque al menos ellas sí te traicionan de frente, te declaran su amor y odio a un tiempo y te dejan obsesionado con sus texturas que se escapan por varias horas, días o meses.
Podríamos sostenernos los unos a los otros en una constelación de silencios en el que cada palabra fuese lejana y poderosa como las estrellas, o podríamos hundirnos en un oceáno de pasiones incomprendidas. La alegría finalmente siempre resulta evasiva y la memoria nos engaña con sus cataclismos incomprensibles: tratando de conservar la cordua nos enmarañamos en fragmentos de una realidad perdida, de una puerta por la que no se puede regresar.
Se siente tan bien perder la cordura, que es una lástima volver al mundo real.
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