
Los días se llenaron de lluvia, y con ellos vinieron los mosquitos, llenando de zumbidos sigilosos el ambiente, esperando que lográsemos vivir más allá de la hora prima, de las primeras campanadas. Los caminos en esta ciudad de montañas son engañosos, bajas cuando creías subir y sigues cayendo por las mismas barrancas una y otra vez. No importa que hayas olvidado ya el dolor.
Cuando menos lo esperes, te soprenderá el caos mordiéndote una oreja, porque sabes que no existes más allá de las tres personas con las que cruzaste una palabra desencajada. Quizá consigas burlar la indiferencia de las miradas comunes, pero no lograrás llegar impune al anochecer, donde el ruido rebotará en tus tímpanos, en los cristales exteriores, donde la luz cenicienta llene de luciérnagas tus sueños repasados. No será entonces cuando encuentres consuelo en la ternura que se te niega. Pedirás al viento volverte trozo de estrella, y suplicarás por la confirmación de tus temores.
Espías sueños inandescentes, postrado sobre tu misma ausencia. Eres ligero y leve, pero mi alma no pesa. Se ausenta de los mismos sueños y lugares donde solíamos abandonarla a su suerte incolora, en la espera de que bañada de inciensos y aromas píos se olvidara por fin de su obsesión chocante y del amor maldito. El amor ya no es cosa de modas, es supervivencia, es ligero y ausente. Es el recuerdo lejano que aún no hemos confeccionado.
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