Hay cosas que odio profundamente, por ejemplo, odio las pantalones color mostaza, odio que no haya nieve de chamoy en el puestito cercano al panteón porque uno camina hasta el panteón y se tiene que sopletear a todos los dolientes, las coronas de muerto y demás, para que le salgan con el "no, güerita, se nos terminó"; odio también que haya humedad en el ambiente cuando he planeado todo cuidadosamente para plancharme el cabello y en consecuencia se me frizzea, y odio, por sobre todas las cosas, más que a las malas películas de horror o a Jennifer Aniston, la frase "tenemos que hablar".
No mames.
Como principio está la cuestión de la elección de verbos: "tenemos" como obligación y "hablar" como si en lugar de hablar el resto del tiempo nos limitásemos a rebuznar. Y luego, claro está el hecho de que no "tenemos", el que plantea la situación "tiene" (así, en singular) la necesidad malsana de restregarle algo en la cara al otro y que no se va a hablar. Se discutirá, se harán reclamos innecesarios y a veces puede haber llanto y gritos, pero no se va a hablar simplemente. A eso súmenle, los temores irracionales que cualquier ser humano con dos gramos de imaginación enfermiza puede tener y tienen un escenario perfecto de película de horror. Seguramente, será planteado el hecho de que la pareja desea someterse a un cambio de sexo antes de partir en una misión ultra secreta a la luna patrocinada por los delirios febriles y geniales de algún premio nobel, resulte que es austriaco y tiene a su hija encerrada en un sótano (se han dado casos), o que le molestó la elección de película de la semana pasada.
Porque uno siempre es culpable. Es como "El Proceso" de Kafka, el aviso de "tenemos que hablar" es parte de una cuidadosa totura psicológica perpetrada por el objeto de nuestro afecto y su naturaleza perejilienta, su finalidad es única y exclusivamente poner en estado de alerta al otro para que haga actos de revisión y reconveniencia personales en los que analice su conducta hasta encontrar suficientes razones para mandarse al diablo "en fa". Así, que uno recibe su notificiación de "tenemos que hablar" y se tiene que dar a la tarea de revisar palabra por palabra los últimos 2 años, o tres meses o quizá toda la vida, ¿qué tal que ya descubrió que nos gustaba aquel chico orejón en sexto de primaria?
La prueba fehaciente de que "tenemos que hablar" es parte de un plan cuidadosamente trazado para darle en la torre a todo cuanto uno tiene planeado es el hecho de que, cualquiera puede decirle al objeto de su afecto: "oye, esto me parece mal por a, b y c" sin más preámbulo. No se requiere concertar una cita exclusiva, se le puede decir al terminar la película o camino al auto. No, el perejilero buscará establecer un encuentro exclusivo para tan místico y sucio fin de "hablar", seguramente buscará un "terreno neutral" y puede que hasta tenga las agallas de proponer que cada quien llegue por separado al lugar de encuentro. No, a estos amantes del drama fácil (yo los entiendo y sé como razonan, porque soy como ellos) les importa la teatralidad, el efecto del parque al atardecer, del café romántico para poder después cantar a todo pulmón "it took a cup of coffee to prove that you don't love me", ahhh sí, desean regordearse en una última escena de drama sin sentido y cursilería francesa.*
El punto es pues, que el que tiene que "hablar" seguramente se limitará a hacer un par de reclamos, los sustentará con argumentos débiles, la importancia de los hechos seguramente es nimia y luego lanzará su mirada de "ultimatum" al oponente. El otro pobre infeliz, cansado por haberse devanado los sesos en repasar sus malos actos, sólo abrirá la boca para trastornar las cosas, hundiéndose y proporcionando datos que lo incriminen aún si se le acusa de algo tan poco trascendental como no haber puesto atención a la ropa que usaba Jennifer Aniston en su última película. Terminará con la cabeza gacha, aceptando toda su culpa, mereciendo sin duda su justo castigo, y sometido al ultimatum.
Luego, en la tranquilidad de su hogar, repasará los hechos (nuevamente, enfermito metal, azotado par excellence) y se dará cuenta de la triquiñuela. Juntará evidencia, solidificará argumentos, prepará su defensa y se dormirá cansado. Al día siguiente, habrá olvidado todo. Hasta que el otro vuelva con su frase matona.
* Cursilería francesa: dícese de la que es aún más insoportable que la común, un tanto hipócrita, con frases prefabricadas y mucho menos densa que la alemana.
2 comentarios:
Tenemos que hablar es tan clásico como el "nada" que se contesta cuando claro que por supuesto que se tiene "algo", y ese "algo" suele ser grande.....
Deberían haber libros enteros analizando esa situación en vez de mamadas tipo "Porque los hombres aman a las cabronas" (¿por pendejos sería una respuesta aceptable?)
Anyways, ya no andas tan azotes, ¿que te pasa?
Besos desde el desierto
Manuel
Así agarraron a Rodion Romanovich Raskolnikov. La culpa es lo pior.
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