13.9.08

De vuelta al personalismo

Cuando empecé a escribir blogs (favor de notar el plural) tenía 24 años. Claro que tenía 24 años y sentía además que poseía toda la razón del universo, que el entendimiento estaba de mi parte y que era una genial idea. Unas horas antes se la había planeado a mi entonces corazón-de-melón cuyo comportamiento terminó rimando con el nombre de la fruta pero precedido por un nada poético o especialmente memorable "mam-". Lo tomó pésimo, porque yo ya escribía antes, claro, los apuntes de la escuela, pequeños intentos de tiras cómicas, cuentos, poesías y muchísimas cartas sin destinatario que desafortunadamente (para él) él había tenido la oportunidad de leer y evaluar concienzudamente hasta llegar a la conclusión de que si hacía un blog sería personalísimo, sólo hablaría de él y posiblemente lo haría mal.

Je, je. Cierta razón tenía.

LA amiga vivía en Zacatecas y yo vivía en Monterrey. Y el Hermano me invió a escribir en un foro de poetas que inundé con las diatribias sentidas de los retazos de lo que quedó de mi relación. Ah, porque obviamente, si él no me apoyaba a escribir, pues yo no tenía mucho que hacer con él. A las dos semanas reflexioné que sí, sí tenía mucho que hacer con él todavía pero bueno, él ya se había ido y yo me dediqué a hacer un blog personalísimo, que sólo  hablara de él y posiblemente lo hacía mal.

Je, je. Era un gran tipo a veces.

A veces no.

Ese blog ya no existe. Lo tengo claro está, guardado por ahí en algún archivo de word que se perderá el día menos pensado cuando por andar descargando episodios de Lost mi computadora adquiera una infección viral poca-madre  y entonces nadie podamos evitar la debacle, tengamos que formatear y se pierda todo aquello que hemos conservado con tanto cariño. Sí ya sé que debería hacer un respaldo, pero permítanme explicarlo: el día que pierda lo que quedó de ese blog, será un día más. 

Ayer tuve un encuentro fatídico con el pasado. Tener encuentros fatídicos con el pasado es una ocupación peligrosa, porque siempre hay caminos que se bifurcan. Decisiones que tomas y que te llevan a A en lugar de a B. Y cada quien sabe enfrentar sus propias elecciones. Ya sea que nos mintamos a nosotros mismos para concluir sabiamente que sí, fue mucho mejor estudiar finanzas que letras o bien, que estemos convencidos en el fondo que nunca debimos comprar esas botas que hicieron que hoy tengamos un pie esquinzado (sniff), cada quien sabe enfrentar su yo-anterior. Lo que no sabemos es como enfrentar el yo-anterior del otro. O el otro-anterior.

La bronca viene básicamente de que sólo podemos evaluar las situaciones en base a lo que hemos conocido anteriormente. Así que si alguien me trae su pasado y lo planta frente a mí, yo sólo atino a pensar que me causa un poco de estrago mental hablar de lo que no fue en mi año. Podría por ejemplo, sacar a relucir toda la historia detallada de mi propio pasado y enfrentarlos a ver cual fue más espectacular o desastrozo -aún y cuando todos sabemos que los pasados encuentran formas de empatarse, salvo guerras, parricidios o cuestiones realmente desastrosas que en cierta forma pocos hemos vivido -. No, yo no quiero sacar la historia del hombre que me rompió el corazón a relucir, no quiero que haya nuevas Damaris en mi vida asediándome los sueños (Damaris era el pasado de mi pasado), y haciéndome preguntas sobre si lo que hago está bien o no. Odio los nombres de mujer terminados en "aris", porque no se llaman simplemente "María" o "Belén". No. Pero bueno, eso es irse a conjeturas aún peores.

Yo no quiero fantasmas y pasados perdidos. No quiero sentarme con el presente y explicarle porque los ojos de X me parecieron un sitio fabuloso en el pasado. Siendo que ni siquiera los recuerdo realmente. Tengo una vaga idea de como eran, pero fuera de algunas sensaciones específicas, esos dos años y medio de mi vida se quedaron muy atrás. En un blog que ya no existe y aún, antes de eso, y aunque escribí por cielo, mar y tierra (o a cuanto inocente se le ocurriera intercambiar correspondencia conmigo) sobre él, al final dejó de ser el tema personalísimo y fue sólo un hecho más. Que tuvo influencia en quien soy, pero no por él, sino por el propio hoyo negro que tengo en lugar de alma y que termina por absorber la realidad para perderla y sacar conjeturas que son completamente ausentes de lo que ontológicamente se suele llamar verdad.

Claro que hay cosas del pasado que uno siempre extraña. Hoy que me siento realmente triste y miserable desearía haber tenido los amigos suficientes para irme caminando hasta Tres Cruces y llegar a un sillón cualquiera a contar todas estas cosas que pienso. Pero las obligaciones y las responsabilidades de la gente de "mi edad" nos han confinado a los encuentros casuales por messenger en los que no trascendemos de formulismos sociales. Eso y los siete años que viví en Monterrey. 

El punto es que estoy bien pinche triste. Y no tengo con quien platicar. Ay dispensen.

1 comentario:

sandraaaaa dijo...

"Hoy que me siento realmente triste y miserable desearía haber tenido los amigos suficientes para irme caminando hasta Tres Cruces y llegar a un sillón cualquiera a contar todas estas cosas que pienso".

o.O

pues venga a mi casa, por esos rumbos domino yo, bueno, mejor dicho... me lleva la ruta y los rides' a mi hogar

yo en cambio, tengo mucho que contar pero me han hecho callar por una u otra o miles de razones...

maldita sea, por ahora será mejor que no hable...eso implica tener mi boca cerrada, pero como lo he dicho, mis dedos tienen voluntad propia, esos...no sé si obedezcan...

al carajo con el anonimato...