19.8.08

Gestionar

La palabra gestionar me parecía muy curiosa. Imaginába a los gestionadores y a los gestionantes haciendo grandes esfuerzos por fruncir sus narices o mostrar sus lenguas con dejos de violencia clandestina. Los imaginaba también dilucidando largas horas sobre la teoría del gesto y creía inocentemente, que era la introducción a la Inmortalidad de Milan Kundera, una suerte de texto sagrado.

Pero gestionar habla de hacer planes, de sentarse con trajes grises y camisas impecablemente blancas a futurizar. Se precisa tener una cara seria y el rostro impávido. Según la RAE se refiere a hacer diligencias conducentes al logro de un negocio o de un deseo cualquiera. Y para eso se precisa seriedad, escuchar con atención la lluvia caer en la madrugada o soñar con el abrazo incierto quedan, por supuesto, descartados en materia de gestiones. Aquí hay que hacer acciones conducentes. Con un objetivo específico, nada de mirarnos a los ojos sin recordar nuestros cuerpos.

Un día, gestionaré las acciones precisas para escribir una historia en la que unos ojos imensamente negros se reflejen en las notas que salgan de un piano que nadie ha tocado en años.

Me voy a emprender un viaje para gestionarme un poco de deseos y alegrías. Me sentaré, por ejemplo, en una banca cualquiera bajo una arboleta, esperaré a que de esa hora exacta (que cada día ocurre en un cuadrante diferente de ese reloj que me rehuso a utilizar) en que el cielo se vuelve insoportablemente bello y luego estiraré mi rostro, frunciré la nariz y juntaré los ojos haciendo unos bizcos magnificentes. Al final, siempre somos víctimas de nuestras ideas preconcebidas.

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