Ayer por la tarde, en uno de esos raros pero apreciables momentos de tranquilidad mental en el trabajo, surgió el clásico tema de "¿en qué es lo que más te fijas cuando te gusta alguien?". Mi ánimo, aún estaba bastante afectado por los sucesos de la noche del jueves, así que me limité a lucir la sonrisa más hipócrita que pude concebir y decir "en lo blanco de los ojos". El de más allá dijo que todas sus novias habían tenido muy bonitas piernas, la de la izquierda prefería a los hombres altos y delgados, mientras que la otra, sin preferencia específica despreciaba, no obstante, a la gente rubia o de ojos claros.
Mentí, parcialmente. No me gusta la gente que tiene derrames en los ojos o que los trae excesivamente rojos (lo que deja de entrada a la mayoría de los pacientes de cirrosis hepática y a los mariguanos fuera de mi lista, lo siento). Físicamente la respuesta es sencilla entre más se parezca a Ballack, más cercano estará a mi corazón.
En el aspecto intelectual, es un poco más complicado, para empezar tengo que admirarlo de cierta forma, estar convencida de que es inteligentísimo y que me haga reír. Lo impresindible es, no obstante, que pueda conversar con él. Odio no poder hablar con la gente. Específicamente con el objeto de mis afectos. Y siempre me he enamorado de grandes conversadores. En general considero un gran conversador a aquel que me puede hablar de religiones, cuestiones políticas y de programas de televisión, que mantenga un criterio abierto a poder discutir aquello que es trivial y lo que es importante. Pero hay personas con las que es imposible hablar.
La gente que dice "estoy en un momento de trancisión que no comprenderías". Aquí, es cuando a mi ego y a mí, nos dan unas casi incontrolables ganas de salir con el exabrupto de rigor y decir "mira, perfecto remedo de humano, si crees que la gente no te comprende, vete a vivir a una cueva". Por lo general pienso que es porque más bien a las personas les da pereza mental o desean no tocar el tema en específico. Y no es malo. Para eso existe la "caja vacía" que tan acertadamente describe Rubas.
Cuando yo no quiero hablar de un tema, no hablo. Si me preguntan, contesto "bien", "sin novedades", "gracias por preguntar, todo en orden", que son, como todos sabemos formulas sociales que nos permiten convivir mejor. Pero, una cosa es delimitar sutilmente el tema que prefieres no tratar y otra muy distinta evidenciarlo y luego sacar evasiones crípticas, dejando la información a la mitad y a la gente divagando. Sobre todo si te molesta que concluyan cosas. Aunque no es exactamente el 90% de la población la que es asidua de leer el períodico en alemán y escribir tratados para revistas de divulgación científica, tampoco significa que sean unos imbéciles rematados, de tal suerte que llegarán a una conclusión: te guste o no. Así, que si no te gusta que las personas opinen sobre lo que callas, no les digas. Eres tú, el único responsable de lo que se dice de ti.
El segundo tipo de conversación que me parece sumamente complicado de mantener, es la de "cotilleo". Primero, porque tengo muy mala memoria para la vida de los demás, ocupada como estoy, en vivir la mía. Y en segundo, porque casi todo lo que se chismorrea sobre la vida de otras personas es generalmente insulso y denota más bien ardor por parte de los "cotilleantes". Que si Fulano de Tal se fue a casar a Las Vegas, el muy _______, que MujerIntrascendente hizo un "brunch" (jajajajaja) y no invitó a la de más allá, aún y cuando su marido, bien que ocupaba la ayuda de otro equis que a nadie en realidad le importa. Me dan una flojera infinita: inmediatamente empiezo a imaginar a mi interlocutor como un gran cerdo inflado de envidia y egoísmo, flotando sobre su propia inmundicia y al cual, si lo pinchásemos sólo encontraríamos una mísera cáscara maloliente. Casi todo conversación de este tipo termina abruptamente cuando alego que me duele la cabeza miserablemente y que tengo que irme y con la firme determinación de no volver a hablar con esa persona en mi vida.
Y finalmente, el último tipo de conversación cuasi-imposible, es la de "tal cosa apesta, pero no me importa". Si no te importa, hablemos de las nuevas Bratz, o de la intrascendencia de la conciencia humana hacia el final del milenio pasado haciendo un comparativo con la proiferación de marcas y artículos de lujo. Discutamos, por ejemplo, porque en los apartamentos de la gente rica y famosa, a veces rayan en el kisch o las tres leyes de la robótica de Asimov. Las quejas se valen, este es un blog que tiene no una, sino dos categorías dedicadas a tan trascendental estado de la mente: algo no te gusta. Pero, ¿pretender que no te importa? A mí no me importa el color del cabello de las tribus tutsis, y no hablo de ello.
He dicho.
4 comentarios:
cito:
Eres tú, el único responsable de lo que se dice de ti.
Si eso lo tuviéramos más presente... tal vez nuestras estupideces serían menos o, mínimo, estarían mejor disimuladas.
Tienes mucha razón.
Yo no puedo hablar con gente que dice a cada tres frases un "gracias a dios". Me da por imaginarlos colgados de un gancho de carnicero... desangrándose lentamente...
Uh, esto me recuerda a un capítulo de los Simpsons, donde Marge intenta encajar en un club social, cuando llega a una reunión les dice que parecen un grupo feliz de persona y una de ellas le contesta: "es lo malo de la primera impresión, es sólo una"
Y sí, generalmente la primera impresión que causamos a las personas es con la que se quedan para siempre. Yo por eso pienso que si uno no tiene nada interesante que decir es mejor aquedarse callada.
Chale, ahora que lo pienso como que mi comentario no tiene nada que ver...snif.
Saludos.
Yo sólo me siento sola. Ja.
jajajaja
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