3.1.07

3 de Enero 2007

Fuera del básico cliché, habría que desearnos verdaderamente un buen año. Ya no digamos el mejor año, sino un año bueno. Que los que caen en el hospital recurrentemente ya dejen que el doctor haga su agosto con otros pacientes, que encontremos razones para sonreír que no precisen la presencia de ajenos, que nos bastemos a nsotros mismos y que la mitad de sus deseos no se haga realidad, para que tengamos algo que pedir al 2008, que la otra mitad se les duplique, que las alegrías siempre sean inesperadas y que las esperanzas se nos emigren lejos de aquí.
A veces, muy rara vez, me resuena en la cabeza una voz telefónica - y es que sólo la conozco así - donde el reproche venía a caer en el lugar común. No aseguramos si sólo estaremos hablando de lo mismo de siempre, o si de pronto esto estará lleno de mariposas, nubes y conejitos rosas (esperemos que no). Como señala Franck, los veintisiete son una edad extraña. Una edad que amenaza con quedarnos holgada, no me siento cercana ni a los veintitrés mentales y mientras hay personas que alcanzaron metas importantes en dicho año, yo espero no morir en el intento. Afuera hay nubes, impenetrables, como para mantener el nuevo año aún en el misterio, ocultándolo de lo cotidiano. Mientras cambiaba canales ayer, vi al presidente electo dar su algún mensaje relevante con respecto al cambio de numerito final en la nomenclatura, pero decidí que no estaba de humor para eso y procedí a enterrar la nariz en el libro de cuentos de Carmen (Mercedes del 63), en la Inmortalidad y en Los Nombres del Aire. ¿Qué tal?
Salud esqueletos. Que la deidad de su preferencia les conceda el doble de lo que deseen a los demás. Beso, beso.

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